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Eloy Jáuregui: La rumba de la escritura


Editor
José Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


Cuando los cerros bajaban, Eloy Jáuregui Coronado (1954-2024) ya estaba esperándolos con los brazos abiertos, zalamerísimo, apurando una media res en El Queirolo, leyendo avieso a los horazerianos, exagerando el mundo y sus curvaturas, con un lapicero y un bloc. Siempre listo, como un boy scout.


Su escritura inmarcesible anidó y animó todas las redacciones de Lima y balnearios, desde los setenta hasta diciembre del 2023, pasando del periodismo deportivo a la crónica roja, por la miscelánea, lo cultural y la política. 

Era de esa raza de prosistas bravos, de aquellos en extinción. Afiebrado, tomó el pulso a la cultura peruana, al achichamiento, al achoramiento, al combismo y vedetismo, como decía; dio cátedra con su estilo barroco y gozoso, donde hacía dialogar la alta cultura con lo popular, incluso con la replana, y sin desentonar. Su mirada con drone y en 360 grados describía y buscaba entender los fenómenos populares, siempre asombrado, pero jamás acojudado. 

Pura música 

Salsero, rumbero y matancero –era caserito de los Descarga en el barrio–, escribió sobre el narrador Gregorio “Goyo” Martínez, algo que en realidad podía calzarle como una autodefinición. Dijo: “Usa de la tradición peruana lo jocoso, lo poético y lo macabro. Sus módulos –esas crónicas que construyen este universo– son un festejo, como un carnaval de negros e indios. Hay, pues, una respuesta al malestar de una época en estas sociedades doloridas, atiborradas de intelectuales serios y doctores sentenciosos que ni aportan ni brillan” (suplemento Variedades, 17 de abril del 2015). 

Eloy hizo periodismo narrativo sobre esa Lima de barrios viejos, como su Surquillo querido y la residencial San Felipe, y también la de los cerros pelados, donde los nuevos vecinos fundaban una cultura con su propia estética y banda sonora, con timbales y sintetizadores, donde la música criolla se limitaba al Zambo Cavero y el “Contigo, Perú”, y ahí nomás. 

Una capital-provinciana asimétrica que reconfiguraba hasta el valse para hacerlo un producto de otra laya. “Ya viviendo en Lima, Carmencita Lara supo que la música no era solo melodía y ritmo, sino también sentimiento y sensibilidad. Fueran valses peruanos, huainos, yaravíes o pasillos. Esa sensación de ternura que transmitía en sus cantos nos hacía recordar lo que alguna vez dijo José María Arguedas: ‘Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo’ (Variedades, 6 de julio del 2018).  


Este rapsoda de Lima alunizaba en la carpa Grau para ver a los migrantes llegar en tropel a escuchar a Papá Chacalón (Lorenzo Palacios) y elevarlo en un altillo como a un semidios cholo bien peruano y de pantalones de boca ancha: “‘Chacalón’ fue el artista que vivió en el magma de la pobreza más cruel y hoy sigue siendo un paradigma de los desterrados”. (Variedades, 27 de junio del 2014).

Y también le interesaba qué movía a esa juventud de la nueva y menguante clase media limeña. En tiempos del fujishock definió a la banda Los No Sé Quién Y Los No Se Cuántos, tecleando al oído: “No eran punk, no eran metaleros, no eran roqueros ortodoxos. Qué demonios eran. Mezcla de Los Shapis con los Rolling Stones incluido Melcochita” (suplemento Revista, 26 de febrero de 1993).

Cultura de masas

Poeta de verbo de calle y casi oficinista en el bar Queirolo de Lima (antes lo fue del bar Palermo), a Eloy Jáuregui, nuestro Obi Wan Kenobi de la “pirámide pervertida”, le interesaba conocer y ser parte de esa masa que tomaba playas, coliseos, supermercados... sentirse parte del nuevo Perú en formación perpetua, que la ciudad tradicional miraba desde sus barrios y negocios exclusivos y excluyentes: 


“Y el día se pone [en la Costa Verde] como radio 11.60, ‘al rojo vivo’ cuando después de una curva salta a la vista una tremenda carpa azul echándole la culpa al cielo con sus mástiles como un pulpo de cabeza. Es el nuevo restaurante Muelle Uno, prohibitivo para matemáticos y poetas. Así uno entiende que ya está en San Isidro y los bañistas muestran sus rostros como combatientes siux, una franja blanca cruza sus caras y éstas parecen poto de francesa del inolvidable jirón Huatica”. (Revista, 5 de febrero de 1993).

Entonces el vate terco vuelve al hervidero sensual del estío para un nuevo análisis de los peruanos ya del XXI: “Un domingo de playa en estado puro es una metáfora intensa de la ilusión del goce. Aquí se broncea ese nuevo limeño que bucea entre el ‘emprendedurismo’ y la sobrevivencia. En el inmenso estacionamiento, entre los carros usados, brillan, no obstante, las camionetas 4x4. Los vecinos chorrillanos apenas son una minoría. La mayoría ‘baja’ de Pamplona, San Juan de Miraflores, Villa María del Triunfo. Ellos traen sus casas a la playa, su cultura, a que se dore frente al mar. Y el acampar en la arena es un acto musical porque cada cual tiene su equipo potente y la chicha se oye a los estruendos.” (Variedades, 18 de enero del 2019).

De modas 

El peruano del nuevo milenio se relaciona con el dinero y la democracia, distinto al que llegó con el “desborde popular” de Matos Mar. Ahora es abigarrado y los modistos de Gamarra lo perfilan. 

“El hombre viste un traje azul electrolux –terno, según la Real Academia, es un conjunto de tres cosas de una misma especie y el hombre es de otra laya– y es pipón forrado en una camisa de rayas rojas y le cuelga una corbata estampada cual florero de Van Gogh. Sobre la alfombra del hemiciclo chillando quedan huellas de sus botines aperillados y acharolados con cierta pizca elegante de barro matancero. El hombre se llama Mario Paredes Cueva, es un jijuna para algunos, es un caballerazo para los otros, es un cholo full chamba para el resto”. (Revista, 19 de febrero de 1993). 

Buen provecho 

Pero es el buen yantar lo que mejor nos define ayer y hoy a “todos los sobrevivientes del Perú”, y sus potajes han ido cambiando en el horizonte, empujados por la creatividad nacional o la carestía, como el boom de aquel verano del 93, de bolsillos estrujados, el retorno de la tripulina en la dieta de los humildes. 

“La tripulina de nuevo cuño jamás llegará al rachi, ni a la pancita y menos a choncholí. En el peruvian way of life de finales de siglo, las menudencias han adquirido categoría de tronchas estelares. Es cierto, hay mondongos y mondongos –res, chivos o carnero con cola de can–. Aquel que se morfa en Pamplona Alta es apenas la colilla y bazofia de labranza reglamentaria –nada que ver con el perpetrar del caucáu legal ni el mondongieri a la italiana–, el detritus de la tripa negra” (Revista, 19 de marzo de 1993). (Con información del Centro de Documentación de El Peruano).

Punto x punto

Entre el 2014 y el 2015 condujo el espacio de entrevistas 1x1 de la Agencia Peruana de Noticias Andina. 

Es coautor del libro 1930-2018. Perú en los mundiales (Lima, Editora Perú, 2018). 

Sus libros de crónica más emblemáticos: Usted es la culpable (2004); Pa’ bravo yo. Historia de la salsa en el Perú (2011); El pirata. Historia de la música criolla (2011); El más vil de los ofidios (2013); Tu mala canallada (2014) y Una pasión crónica. Tratado de periodismo literario (2018).