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Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
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En la cuadra 2 del jirón Ica o la calle de la Comedia Vieja –dixit Juan Bromley en Las viejas calles de Lima– ya nadie reza las decenas del rosario. El hombre del sombrero destapa una Inca Kola mientras que por el patio del convento de Nuestra Señora de Gracia, “Yococo” cabalga el “Celedunio”, y dos Cristos pobrísimos se agarran a trompazos para algarabía de los turistas excitados que toman fotos, guan dólar. Welcome to Peru.
Cronwell Jara (Piura, 1949) es una máquina de ganar premios literarios. Claro, en un país con una lectoría de 1.5 libros al año en promedio, casi nadie en la calle lo reconoce. Es optimista: “Siento que mi literatura va a quedar, porque tiene una vida distinta”. Y cree que en 20 años empezará a hablarse de su obra.
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Hay gente que le agradece ya su inventiva. En Huancayo, una joven que había leído su novela Patíbulo para un caballo (1989) se le abalanzó como una groupie y moqueando le confesó: “yo sé quién es Pompeyo Flores”. Y hace tres años en la Feria Internacional del Libro (FIL Lima) un muchacho le preguntó si acaso no era el autor de los cuentos Las huellas del puma (1990), bastó que dijera que sí, para que el joven comenzara a gritar como orate, “¡es usted un mito viviente!”.
Un clásico de las Letras
Llama a “Yococo”, el niño emerge con su llaga en la cabeza, entre perros vagabundos, “gallinazos destartalados” y “garras de mendigos hambrientos”.
Hace 43 años, Cronwell Jara publicó Montacerdos, el que se ha convertido en un clásico de la literatura peruana contemporánea, una historia descarnada, ambientada en la barriada rimense de Mariscal Castilla, que el autor conoce al dedillo, y donde todavía viven varios de los personajes en los que se inspiró este cuento y la novela Patíbulo para un caballo. El Rímac es su Macondo.
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Acaba de editarse Montacerdos y otros cuentos (Lima, Fondo de Cultura Económica, 2023) y Cronwell se jaranea: la gente no se ha dado cuenta de que las 18 ediciones son igual número de versiones de su historia. “Para mí el cuento es algo vivo y se puede mejorar. Igual que a un hijo lo peinas y le das ropa para que se vea mejor, yo quiero que mi cuento, que en lo básico está bien, le agrego alguna palabrita, le cambio alguna línea, pero no se nota”. El cuento en ciernes se ha analizado en más de 250 tesis sobre la otredad. “Entran cosas filosóficas que me sorprenden”.
De la materia escritural
Él no calza en el modelo vargasllosiano del escritor con horarios y tarjeta de marcación. “Esas son cojudeces. Yo no soy escritor, soy creador”. Una idea le puede tomar por sorpresa comiendo o sentado en el retrete. Y se olvida del universo. Por eso siempre carga en su “chaleco antibalas” con lapiceros, resaltadores y libretas. Y como un poseso empieza un encabritado proceso de escritura sin horarios ni treguas, solo se da tiempo para cocinarse, bañarse y cuidarse a punta de maca y siete semillas, y empieza a darle vida a sus personajes. Con este método, ha escrito más de 40 libros de cuento, poesía, novela.
En él cohabitan escritores de estilos que se yuxtaponen. Citemos: tiene un libro de las jodas, otro de lenguaje religioso, otro de lenguaje más lujurioso sobre Pancho Fierro, y otro de poética telúrica sobre la fundación de la isla de Taquile. Etcétera. O la novela Film Vallejo: Moriré en París con aguacero (2022), que trabajó por décadas, donde no solo sorprende con su conocimiento vallejiano sino que además imita y parece que el propio autor de Trilce lo hubiera escrito. Y se jaranea.
Sobre todo, él escribe desde su identidad, desde su memoria piurana y su barrio (el Rímac). “Para mí, escribir es orgásmico, ya lo decía Rainer Maria Rilke en Cartas a un joven poeta: cuando tú haces un poema, todo debe salir desde las uñas de tus pies, tus nervios, tus células, hasta tu sexualidad”.
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“Para yo lograr que mi prosa te guste, he tenido que pasar por las lecturas del budismo, del taoísmo, ver cosas filosóficas; he practicado sonetos del tipo del siglo de Oro español; he pasado por la literatura moderna, de Francia, de Alemania; leí a los norteamericanos, a españoles e ingleses, Las mil y una noches; analicé cómo son las estructuras del cuento; también leí a los clásicos, poesías china, japonesa, portuguesa, italiana, latinoamericana… Todo eso se va asimilando, se hace una amalgama y, sin querer, te sale en la prosa”.
–¿Cuál es la diferencia entre cuento y relato?
–Son lo mismo. Los poemas, el cine, Beethoven, es lo mismo porque son obras de arte. Quieren entretener, divertir. Uno se conmueve con el Guernica de Picasso, con el Romancero Gitano de García Lorca, con Vallejo. Entonces, es lo mismo.
–¿Qué busca con su escritura?
–Busco entretener, divertir, conmover y transmitirte, si es posible, una filosofía, no importa si idealista o materialista, pero que te motive, genere reflexiones. Porque el buen cuento lleva a eso: Los gallinazos sin plumas, los cuentos de Dostoievski, de Hemingway… todos ellos te despiertan sensaciones, emociones y van a una sorpresa.
Pura música
Y también hay música en los cuentos, afirma. Para el escritor piurano que escribe desde los 8 años y que en todos sus fracasos ha logrado su estilo, todos los cuadros buenos, tienen música. Esa “melodía secreta” se percibe. Y en las sinfonías, hay historias, como en las de Beethoven, ese sordo que dialogaba con los sonidos, donde cada instrumento cumplía el mismo papel que los personajes de un cuento.
Y cada escritor, también, tiene su forma de narrar, su música interna. “Sin menospreciar al periodismo –siento el golpe entre la cuarta y la quinta costilla–, un escritor es otra cosa: piensa en seducirte con la eufonía que trae la palabra, la melodía que te da esa oración y el tono poético. Lo tiene Borges, García Márquez, Alejo Carpentier, no tanto Ribeyro, y lo mío es 100% melodía, la melodía, el cuento”.
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Percibo que, a pesar de la dureza, sus personajes tienen esperanza, ensoñación, la ilusión de mejorar. Es que a Cronwell no le gusta que todo acabe de finales infelices. “En Cien años de soledad, en las novelas de Rulfo, todos desaparecen, todo es muerte, pero mis novelas y cuentos acaban en alegría. En mi más reciente novela, ¡Molotov – Suite! (2021), sobre el San Marcos de los años setenta, se acaba con una sensación de euforia. Si bien la vida es un drama y todos estamos para morirnos, ¿acaso no tenemos en nuestros caminos tránsitos de alegría, de bienestar?”, pregunta.
Por el arte
Los personajes de sus cuentos “Dos cristos” y “La reina de las cucarachas” quieren que sus hijos sean mejores y hay una esperanza en el arte.
“El arte no puede ser inútil porque, sencillamente, nos da bienestar, alegrías; convoca a niños y a grandes; nos da el placer de sentirnos contentos al ver una obra. Eso ha sido la función del arte. Unifica, sensibiliza, nos hace mejores seres humanos. Al niño tímido, el clon le enseña a comportarse y pierde la vergüenza, se transforma”.
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Pero hay otra materia en que Cronwell es un fondista nato: Desde 1985 dicta talleres de narrativa por todo el Perú. “Di cualquier ciudad o pueblo y te apuesto que ya dicté un taller ahí”, me reta. Sechura, Trujillo, Virú, Chimbote, Piura, Talara, Tumbes, Yurimaguas, Iquitos, Pasco, Huánuco. Etcétera. “He recorrido todo el país varias veces con los talleres”, y mañana se sube a un avión rumbo a tierras cajachas.
Quien lo viera bromeando, tuteando a alcaldes y ministros; al mismísimo Fidel Castro en Cuba; pata del alma de Mario Benedetti, de Julio Ramón Ribeyro, “patísimo” de Eleodoro Vargas Vicuña, de Oswaldo Reynoso; “Manuel Scorza era mi hincha”, dudaría que estamos ante un tímido hasta los tuétanos cuando estudiante de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Hasta que sus amigos se dieron cuenta de que en los cafés el hombre soltaba la lengua y tenía las notas altas en la carrera y ya había ganado premios nacionales, entonces le dijeron: oye, tú tienes que dar clases. Y empezó con un taller en su alma mater, por invitación de José Antonio Bravo y Antonio Gálvez Ronceros. Ahora suma cinco libros de metodología.
“Es que el taller para mí es un divertimento, mucho juego. A mí me pagan para ser feliz. Lo hice en la universidad durante 21 años hasta que me jubilé, y antes trabajé en el Instituto Nacional de Cultura y en la Universidad de Lima”. Ha tenido de alumnos a adolescentes, amas de casa, universitarios, jubilados, y de todas las profesiones, desde militares y policías hasta profesores y psiquiatras.
Entonces, le lanzo la pregunta, ¿se puede enseñar a escribir en los talleres? “Hermano, cada uno tiene un talento distinto, sus predisposiciones; el taller te da metodología y estimula tus talentos con los ejercicios. Pero si hay un violín de oro, y no sabes tocar, si no practicas, no te salen las notas. Así es la escritura”.
Ha conocido gente muy brillante que se anulaba frente a la página en blanco. “Una cosa es la inteligencia y otra la escritura. A la hora de hacer un cuento hay que soltar sentimientos, las nostalgias, las ironías. Tú tienes que usar un tono divertido para que tus anécdotas sean sabrosas y buscar los remates. Y siempre con algo insólito. Ese es el secreto, el cuento tiene muchos vericuetos”. Y si quiere saber más de sus metodologías dudan, asistan a sus talleres.
Datos:
El Fondo de Cultura Económica ha lanzado Montacerdos y otros cuentos en el Perú, México, Colombia, Ecuador, Chile y Argentina.
En 1979 obtuvo el primer premio del concurso José María Arguedas por el cuento “Hueso duro” y también el Concurso Nacional de Cuentos TV ENRAD-Perú.
Se le distinguió con el Premio Nacional Casa de la Literatura Peruana 2019, y en la FIL Lima 2023, recibió el premio de la Cámara Peruana del Libro.
“El único cuento auténtico es aquel que logra arrastrarnos al suicidio o a la risa”, dice el narrador, poeta y tallerista.
Cifras:
18 ediciones suma Montacerdos.
39 años que dicta talleres de cuento por todo el Perú.