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¡Descambuchado!

El Diccionario de la Lengua Española trae para el Perú y Chile un término ya en desuso.


Editor
Carlos Arrizabalaga

Lingüista. Profesor de la Universidad de Piura


El Diccionario de la Lengua Española trae para el Perú y Chile un término ya en desuso, que por ese motivo justamente no lo ha recogido DiPerú (2015), aunque lo registraron puntualmente Álvarez Vita (1990) y Ugarte Chamorro (1997). El vocablo “cambucho” denominaba en ambos países un tipo de papel enrollado en forma cónica como cucurucho. Valía también para el que los niños usaban como cometa y a una suerte de funda o forro de paja de diverso tipo que se ponía a las botellas como embalaje. Ambas acepciones ya son anticuadas y cambucho subsiste en Chile usualmente para referirse a envolturas hechas con papel de regalo. En el país vecino se decía cambucho también a cierto tipo de canasto para papeles inútiles o ropa sucia y, finalmente, designaba antiguamente a una habitación muy pequeña.

En 1935, José Quevedo Pazos había patentado en el Perú una invención nacional y había creado una fábrica de “cambuchos peruanos de totora de una sola costura”. Su hijo José Quevedo Ramos patenta en 1947 unas mejoras en el procedimiento de fabricación y empacamiento de cambuchos. La industrialización de la totora se había iniciado en Chile gracias al privilegio obtenido por un tal don Luis D. Schattuck en 1909, por siete años, para fabricar “unos cambuchos para embalar botellas con pajas de totora o batro”, según consigna un decreto de la época. También se consigna en la región de Mendoza, en Argentina. La totora como el mimbre se usaban desde antiguo para fabricar canastos, cestos, cunas y baúles, y en el Perú se usaba siempre como material de construcción y también para envolver en los barcos los piscos, o tinajas de barro; pero el auge del comercio favorecía la industrialización de ese material como materia para el embalaje, especialmente en donde la exportación de vinos y aguardientes estaba en aumento. Lo cierto es que la fábrica peruana de cambuchos de totora de una sola costura produjo en 1943 unos seis millones de envolturas convirtiendo a la totora en materia prima de exportación de un embalaje que se armaba con piola, alambre y sogas y que desapareció bruscamente con la aparición del plástico y las cajas de cartón.

El “cambucho” apareció por primera vez registrado por el diccionario de chilenismos de Manuel Antonio Román (1901-1918) y lo replica José Alemany en el diccionario que hará famosa a la editorial Sopena, en 1917. La Real Academia Española registra el chilenismo en 1925, añadiendo la acepción de “cometa pequeña y sin palillos con que juegan los niños”. Durante la mayor parte del siglo XX el término es considerado de uso exclusivo de Chile, y será recién en 1984 cuando la Academia reconoce por fin el uso también peruano del término.

Román define cambucho como sinónimo de chiribitil, tabuco o tugurio, pero no cochitril o zaquizamí, “que envuelven además las ideas de inmundicia y desaseo”. Divertido que el sacerdote chileno dijera “cochitril”, que altera la fonética de “cuchitril”, por etimología popular. Román incluye también la acepción de canasto y de cucurucho. Imagina que el vocablo se habría formado de forma caprichosa, como una invención popular, ya que los niños coreaban a los nazarenos en Semana Santa: “¡Cucurucho, cabeza de cambucho!”

El diccionario de 1956 propone la etimología de “camba”, término del español antiguo referido a algo arqueado, combo, tal vez porque Arona había especulado ya ese origen para “cambuto”, peruanismo que se refería a algo pequeño y rechoncho. Creo que el término podría muy bien provenir del italiano “cambusa”, término náutico que se refiere al almacén de los alimentos y, por extensión, al conjunto de la comida misma. El italiano lo tomó del francés antiguo y este del holandés: “kabuys”, cocina de barco. La idea de algo arqueado pudo ayudar a adoptar el término, por metonimia, a las envolturas con las que se transportaban las botellas. La terminación pudo contagiarse de cucurucho y de cambuto. Abona a esta posibilidad el hecho de que una de las más antiguas acepciones del término fue cuchitril.

Ana Baldoceda hizo varias observaciones sobre los numerosos italianismos que se emplean en el Perú: menestrón, ñoquis, panetón, bizcotela, casino (en el sentido de ‘naipe’), brócoli, osobuco, ravioles, salame, lasaña, canelón… y tantos otros. Las botellas de chianti o de barolo venían envueltas en algo que acá llamaron cambuchos, adoptando un término de origen italiano, aunque en Italia no los conocen de esa manera. El vocablo tuvo fortuna un buen tiempo. Luis Fernán Cisneros, con toda su gracia criolla, pregunta a uno de sus hijos que juegan bolinchas: ¿qué era eso de descambuchar? “La que sale afuera y le cae”, responde el niño. Y enseguida el gran columnista de La Prensa, hace ya cien años, lo aplica a un ministro de Leguía que fue abochornado en el ongreso: “¡Descambuchado!”