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“Angamos duró unas cuantas horas pero el heroísmo de Grau y la captura del ‘Huáscar’ continuarán miríadas de siglos dentro de nuestro hogar y fuera de él. De mano de todos los grandes héroes que desde Troya, las guerras púnicas y la odisea napoleónica amontona el correr del tiempo, Grau paseará su continente grato por todas partes y por todas las comarcas en como en las palabras de San Mateo, el evangelista”, escribió el abogado, periodista y futuro padre de la seguridad social en el Perú, Edgardo Rebagliati Martins.
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A 46 años y un día de la batalla naval de Angamos, el 9 de octubre de 1925 bajo el titular de “El santuario amoroso del héroe”, se publicó en la revista Mundial la entrevista que le hizo a doña Dolores Cabero (1844-1926) en su casa.
Ella había vivido, entre 1907 y 1917, en París con su hija María Luisa y volvió al Perú al enterarse del asesinato de su hijo Rafael. Un año después de la entrevista en Mundial, la dama limeña falleció.
Rebagliati la visitó en la casa donde la viuda del héroe vivía “rodeada de la amorosa memoria del héroe”; donde llevaba “guardados en un relicario familia” los trofeos de su esposo.
“Está la espada de oro y brillantes que las damas peruanas de Francia le obsequiaron como premio a sus sorprendentes correrías marinas, están las medallas que de innumerables ciudades le remitieron en con amorosa devoción admirativa, están los anteojos que alguna vez calaron sus pupilas para avizorar en el mar la huella borrosa y negra de las chimeneas enemigas, están los albums en que firmas selectas de la América y corazones enardecidos le enviaban a manera de estimulantes abrazos por encima de las distancias, están sus retratos y están todos sus añorantes artilugios. Y para que la escena evocadora sea cabal está la viuda, la que compartió el tálamo con él, la que veló su sueño, la que escuchó su aliento, la que acarició sus cabellos y lo reconfortó en las breves y ligeras horas de tregua.
Doña Dolores Cabero tiene el noble sello distintivo de las augustas damas patricias. El peso de los años no encorva todavía su figura prócer ni descompone la brillantez de su cerebro. Va y viene por la estancia en donde mi visita se desliza, con desenvoltura juvenil. Cita episodios y determina fechas y nombres con sorprendente exactitud. Es amable, le retoza el espíritu y al observar su indiferente majestad y constatar su bondadoso interior brota arrulladora la idea de sus amores con el Almirante.
–¿Era de buen genio el héroe?, se me ocurre preguntarle a guisa de iniciación conversadora.
–Un hombre fino como pocos. Dulce, suave, nunca lo vi descomponerse ni poner en la casa la nota grave de su desagrado. Pero, eso sí, en su barco era tremendo. La disciplina había de cumplirse a toda costa.
–¿En qué época fue su boda?
–El año 1867. El matrimonio se efectuó en Lima en una casa de la calle de Belén.
–¿Qué graduación tenía entonces?
–Era capitán de navío.
–¿Y usted recuerda sus conversaciones íntimas a raíz de la guerra?
–Él me decía que la causa del Perú no tenía muchas probabilidades de salir triunfante.
–Cuando salió del Callao a sus extraordinarias y fabulosas correrías por el sur, ¿no le daba a entender el temor de la caída?
–Él repetía siempre que los pocos buques nuestros no podrían nunca sostener un combate con los blindados chilenos. Del «Huáscar» decía que: “era un insignificante buquecito”.
–Y sin embargo con esa nave insignificante asombró al mundo con sus proezas.
–Pero murió en Angamos y se perdió con su muerte y la captura del ‘Huáscar’ la última esperanza nuestra en la marina peruana.
–Antes de marchar a su último viaje, ¿no dio el Almirante señal de comprender la gravedad del peligro que corría?
–Miguel sabía que la muerte iba tras de su buque y me acuerdo que antes de su postrera salida del Callao se confesó, arregló todos sus asuntos y me entregó una carta cerrada y tomándome la promesa de abrirla sólo en el caso de que dejara de existir.
–¿Y esa carta?
–Como él lo quiso, sólo fue abierta al confirmarse la noticia de su caída en el combate.
–¿Pudiera mostrarme ese precioso documento?
–En ella sólo había disposiciones de carácter familiar y poco interesante, por lo mismo, para los extraños.
–¿Cómo y cuándo supo usted de la muerte del Almirante?
–La primera noticia la recibí en mi casa de la calle de Lezcano por intermedio de Carlos Elias. Al principio sólo se me dijo que estaba herido y poco después un ayudante del general La Puerta me informó oficialmente en nombre del gobierno de la desaparición de mi esposo.
–El día de la triste noticia… ¿quiénes estaban a su lado?
–Mis hijos, mi madre y una hermana de Miguel.
–¿Recibiría Ud. expresiones de condolencia de muchas partes?
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–Fueron tantas que no podría recordarlas. Venían las tarjetas de pésame de la república y del extranjero. Recibí álbumes, medallas, diversas demostraciones de adhesión a mi duelo.
–Y de reverencia a la gloria del héroe.
–Es cierto, porque todos me hablaban de él y de su heroísmo.
–Cuando lo nombraron Almirante de nuestra pequeña flota ¿se envaneció el bravo marino?
–Él era muy modesto y más discreto. Jamás quiso poner al tope de su nave la insignia de Almirante, ni aceptó usar el uniforme que le correspondía. Mi madre le obsequió una gorra cuya ornamentación respondía a su rango y él la dejó en Lima. Alguien le habló de la conveniencia de enarbolar en el ‘Huáscar’ su insignia pero él rechazó la idea porque juzgaba sin importancia ese detalle y porque le parecía infamante que llegado el caso de hallarse el monitor frente a la escuadra de los blindados chilenos no pudiese empeñar, por su inferioridad, combate igual y victorioso.
–¿No le contaba el Almirante cuando regresaba de sus correrías algunos detalles de ellas?
–Sí, con minuciosidad.
–¿La relató el combate con la ‘Esmeralda’?
–Me refirió todo el episodio de esa refriega desde que ambas naves se pusieron a la vista hasta que, espoloneada, se hundió en el abismo la ‘Esmeralda’.
–¿Qué le dijo de [Arturo] Pratt?
–Que al verlo caer sobre la cubierta del ‘Huáscar’ descendió presuroso de la torre de comando pero que en el entrevero de la lucha no pudo llegar a él con la presteza deseada y solo tarde cuando uno de los tripulantes del barco acababa de victimarlo. Grau tomó la espada y algunas prendas de Pratt y poco después junto con una carta las hizo poner en las manos de su viuda.
–¿Conserva Ud. copia de esa carta?
–De la de Grau y de la contestación de aquella dama, señora Carmela Carbajal de Pratt.
–Pero, ¿pudo el Almirante quedarse a guisa de trofeo con la espada del vencido?
–También pudo dejar sucumbir en el mar a los náufragos de la ‘Esmeralda’ y si tal cosa no hizo y si devolvió aquella espada que le pertenecía fue porque a su noble corazón le repugnaba el mal y le atraía la generosa explendidez.
–¡Qué hombre aquel, señora!
–Admírese usted más. No solo salvó a los náufragos y cubrió sus cuerpos desnudos. También los recomendó a su amigo Aza que fue quien recibió a los vencidos cuando se les internó en la sierra. (Con información del Centro de Documentación de El Peruano).
Datos:
El 12 de abril de 1867, Dolores Cabero y Miguel Grau se casaron en la parroquia del Sagrario, en la Catedral de Lima.
Los testigos fueron los otros tres Ases de la Marina: Lizardo Montero, Aurelio García y García y Manuel Ferreyros.
La familia Grau Cabero vivió 12 años en la calle Lescano número 22, hoy jirón Huancavelica 172 (actual Casa Museo Grau), en el Centro de Lima, cerca de la iglesia de la Merced.
Sobre ellos, destacó el historiador José Agustín de la Puente: “Se trató de una familia limeña de nivel alto, en el orden de la cultura y la ubicación social, pero que no vive en la abundancia económica”.
En julio de 1879, Grau se despidió de su numerosa familia. El mayor de sus 8 hijos (Enrique) tenía 11 años y el menor (Miguel), solo meses de nacido.
A solicitud de los descendientes del almirante Grau, el 19 de diciembre del 2013 se trasladaron los restos de doña Dolores del cementerio Presbítero Matías Maestro a la Cripta de la Escuela Naval del Perú, junto a los restos de su esposo.
La revista Mundial se publicó entre 1920 y 1931; sumó un total de 576 números.
Cifra:
10 hijos tuvo el matrimonio Grau-Cabero. de ellos, sobrevivieron 8.