Opinión
Carlos Arrizabalaga
Profesor de la Universidad de Piura
El Registro Oficial de Piura, publicado el 28 de mayo de 1859, da cuenta de la “Reinstalación del Colegio de San Miguel de Piura”; y se observa que se le habría impuesto al plantel el nombre que resultaría definitivo. En un elocuente discurso, el prefecto destacaba la agonía de su vida republicana: “En veinte y tres años siete meses de su primera instalación, víctima de las convulsiones políticas, ha llegado varias veces a su destrucción. Sostenido apenas en esta última época por algunos de sus empleados, como un cuerpo en su agonía, debió tocar en su exterminio. Sin jefe que dirigiese el establecimiento, sin fondos ordinarios para subvertir a sus necesidades diarias, sin recursos extraordinarios para reparar el ruinoso estado a que lo redujo el fatal terremoto de 20 de agosto de 1857 (...) estaba como olvidado el restablecimiento del Colegio y pudo nuevamente sucumbir.”
Destaca el esfuerzo del rector y los profesores. Reconoce que la reparación no se había resuelto en la medida de las exigencias de la institución y que su eventual estado no era cómodo ni apropiado “para la numerosa juventud piurana”. En realidad, la reinstalación se apresuró antes de haberse refaccionado. En el local ocupado por la escuela de Lancaster se habilitó una escuela gratuita para niñas. No cuentan con presupuesto del gobierno central, sino que esperan llevar a cabo todo con recursos propios y “la munificencia del ilustrado y filantrópico vecindario”. Se trata de un empréstito de dinero hecho por el señor Manuel Gregorio León, diputado por Piura, en la convención de 1856. El prefecto hace un llamado final a los padres de familia y a los jóvenes a que sean virtuosos, aplicados y unidos, y celebren “esta fiesta de moralidad e instrucción” con el propósito de “contribuir a la prosperidad de la República”.
Francisco Santur Urrutia, rector del Colegio y autor de versos satíricos y amorosos, de un canto a la tumba de Bolívar y de un triste poema a su natal Piura, se expresa en términos similares, encareciendo la importancia de educar a la juventud para la adquisición “de los atributos positivos de la inteligencia, de la moral y de la religión”, y dotarle de “las fuerzas auxiliares para realizar la industria, impulsar las ciencias, adelantar en las bellas artes”. De todos modos, no deja de advertir sobre la escasez de recursos pecuniarios y las desavenencias ocasionadas por las divisiones políticas y apela a las autoridades a que alejen “esas primeras causas de retroceso” desde la fe del patriotismo y con las convicciones del honor espera finalmente la cooperación de los profesores para hacer así solidario el mérito de la buena marcha del colegio.
En fin, el Colegio San Miguel ha tenido en su historia debacles y renacimientos diversos. La llegada de las tropas chilenas en 1881 suspendió la actividad escolar por un tiempo y dio al traste con todo lo logrado. El nuevo director, don Emilio Espinoza (los piuranos lo recordarían como “un hombre bueno”), reemprendió la difícil tarea de organizar el plantel con los pocos recursos que dispone el gobierno del general Cáceres. Uno de sus alumnos fue Daniel García Lemus, quien sería después profesor del plantel, hasta la muerte del director (1908). Luego, con el padre Ortiz Arrieta, García fundó “La Campanilla” en 1912 y se hizo cargo de la contabilidad de la firma Seminario y Compañía. Carlos Robles Rázuri lo entrevista en su ancianidad, en 1971 (“El último guapo de la mangachería”, El Tiempo, sábado 23 de enero de 1971). Había nacido en un hogar pobre frente a lo que luego fue el Cine Teatro Municipal, pero la escuela le había dado la oportunidad de ser educador, periodista, contador, músico y poeta. Robles lo compara con esos viejos algarrobos centenarios que mueren de pie.
El colegio se trasladó y luce mejor que nunca en el barrio de Buenos Aires. Pero los muros del viejo local del colegio San Miguel del siglo XVIII, 175 años después del terremoto que destruyó Piura, están por derrumbarse y las lluvias que se anuncian podrían terminar de traer abajo lo poco que queda. La reconstrucción de vías y puentes es siempre más urgente. Hace años anunciaron ofrecimientos de la empresa Telefónica para costearlo con obras por impuestos, pero nada se concretó. En ese viejo local ruinoso podría instalarse un estupendo centro cultural para que los jóvenes hagan cine, teatro, marinera y tondero, guitarra y cajón; para hacer recepciones sociales y encuentros culturales, exposiciones y conferencias. Piura no tiene ningún local adecuado para todo ello.
Tal vez necesitamos recuperar el espíritu de esos discursos que llenaron de esperanza a los piuranos, un 10 de mayo de 1859, respecto de su porvenir. Sin embargo, todo apunta a que sea inminente el derrumbe fatal del viejo colegio norteño, el único edificio civil de época virreinal de Piura en cuyas aulas y patios Vargas Llosa terminó su secundaria.