Opinión

Periodista y sociólogo
En el Imperio inca, la cultura sexual se ajustó a la voluntad y política del gobernante de turno. Algunos incas permitieron libertades de relación entre parientes, instauraron el servinacuy (prueba antes del matrimonio), toleraron la homosexualidad (hubo curacas, sacerdotisas y guerreras lesbianas). El travestismo campeó en los templos y la prostitución fue ejercida por hombres y mujeres, que incluso servían a los soldados en tiempos de guerra. Todo bajo un concepto muy diferente a la cultura occidental.
Su sociedad absolutista, teocrática, patriarcal y machista consideró a las mujeres de las clases sociales dominadas como un simple objeto, trofeo de guerra o medio para fortalecer la panaca real o el imperio. Niñas y jóvenes vírgenes eran entregadas a rivales, pariente o guerreros como muestra de reconocimiento y amistad, otras eran sacrificadas por ayuda de los dioses, y muchas obligadas a rendir culto al inca y los dioses. Soldados recorrían el imperio para reclutarlas.
El cronista Guaman Poma de Ayala desconoce la existencia de prostitutas en el incanato, pero Garcilaso de la Vega, no. Existieron dentro del estrato social más bajo y excluido de todo derecho social. Las pampayrunas (en quechua: mujeres del campo o públicas) vivían en chozas en la periferia de los poblados. Habían sido prisioneras de guerra, huérfanas, esclavas, violadas o abandonadas por adulterio. Waldemar Espinoza sostiene que eran obligadas al meretricio, para evitar violaciones, adulterio y actos nefandos. Pachacútec ordenó que sus servicios sexuales fueran pagados con alimentos, productos y vestimenta, a través del trueque. Sus hijos pasaban a propiedad del Estado y si querían casarse debían solicitar permiso y ser reinsertadas socialmente. En cambio, los prostitutos eran privilegiados y vivían sirviendo a la nobleza.
Otros gobernantes incas fueron sumamente estrictos (bajo dos máximas quechuas: Ama Maclla, no seas afeminado, y Ama Mapa, no seas invertido), pero siempre practicando una doble moral y valores éticos. En la nobleza real se aceptaba total libertad sexual, pero en el pueblo y las sociedades dominadas eran perseguidos los homosexuales, las prostitutas, los delincuentes y los indígenas de mal vivir, mutilándoles manos, nariz y orejas, obligándolos a trabajos forzados, condenándolos a muerte y destruyendo sus propiedades. Según estudios, las antiguas sociedades del sur fueron más conservadoras sexualmente que las del norte del Perú.
La doble moral tuvo una esencia de clase y de poder. Los españoles en nombre del cristianismo prohibieron y reprimieron con azote y cárcel muchas conductas sexuales e ‘idolatrías’ de los indígenas, mas como nueva clase dominante se eximieron de estas normas, como lo hizo otrora la nobleza inca.