Opinión
Periodista
fgutierrez@editoraperu.com.pe
Desde el 2017, la Organización de las Naciones Unidas estableció el 21 de agosto como el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo. Con ello se estableció una fecha referencial y, a la vez, un tributo a quienes han padecido en carne y vida propias prácticas de esa índole, reñidas casi siempre con lo humano, y apoyadas en lo irracional y en el fanatismo.
Aquel 2017 fue un año funesto para los derechos fundamentales y la vida humana, pues el terrorismo generó numerosas muertes en Afganistán, Iraq, Nigeria, Somalia y Siria.
Apliquemos lo mismo a sociedades como las nuestras, construidas sobre principios y derechos destinados a facilitar la convivencia y el desarrollo. En ellas combatir el terrorismo resulta obligatorio. Es una forma de prevenir un cáncer agresivo que, en poco tiempo, puede matarnos. Recordémoslo siempre: las víctimas del terrorismo no solo son aquellas que pierden la vida impactada por sus balas, bombas y armas, sino también sus deudos y todo su entorno social. Cada acción terrorista equivale a aplicar un electroshock masivo y destructor, que deja secuelas físicas y psicológicas imborrables, perturbando para siempre el devenir de cualquier grupo humano.
Los peruanos conocemos de primera mano los efectos de ese accionar, encarnado en la última fase del siglo XX en grupos subversivos como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, y en grupos paramilitares como Colina y Rodrigo Franco. Los primeros responsables de actos incomprensiblemente inhumanos.
Los segundos, protegidos ilegalmente desde altas esferas del poder. Las consecuencias de sus actos las seguimos padeciendo a través del dolor de los deudos, cuantiosas e irremediables pérdidas económicas y una polarización sociopolítica tan inextinguible como amenazante.
Esta, recrudecida en el último quinquenio, ha convertido al ‘terruqueo’, con una temeridad que linda con la idiocia, en un arma política para minimizar a quien no coincida con ciertos postulados o ideas. Como si no hubiéramos vivido años llenos de muerte y destrucción, la palabra ‘terrorista’ es usada por estos grupos como si de un insulto cualquiera se tratara o como si con ella se rematara un vulgar chiste de salón.
Y lo más triste es que líderes de opinión y políticos encumbrados avalan y practican esa adjetivación ¿Avanzaremos así hacia la consolidación de una sociedad integrada y democrática? La respuesta es tan obvia como sombría.
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