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Se hizo pescador porque su padre también lo fue. Su abuelo, aunque no trabajó en altamar, también estuvo vinculado con la pesca, pues como carpintero reparaba las embarcaciones de los pescadores. Apenas tenía 13 años cuando Ángel y su hermano mayor Eugenio empezaron a salir acompañando a su padre a aventurarse en el mar.
Después vivió cerca al muelle de pescadores de Puerto Nuevo, una de las zonas más picantes del Callao, la cual guarda infinidad de historias para la crónica roja, pero también sabe de historias de vida como la de don Ángel, uno de los pescadores más queridos del primer puerto.
Enseñanza
Fue un día después que cumplió 15 años que Pepe, como lo llamaba cariñosamente su familia, empezó su vida como pescador. Le faltaba poco para terminar la secundaria, pero prefirió el mar.
“Mi papá me enseñó a pescar con anzuelo y cuerda, la que se llama pintear, luego aprendí la pesca con red, plomo y corchos, la cual llamamos cortina. En la primera modalidad sacas poco pescado, en la segunda se saca más, pero el trabajo es agotador. Te metes al mar a las 2 de la mañana y regresas a las 4 de la tarde”, detalla don Ángel.
En el mar, cuenta, todo es paz y silencio, pero también hay peligro. Como diría Hemingway, en su novela El viejo y el mar, “el mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”.
“Es más fácil pescar en la oscuridad porque los peces no ven las redes. Pero los peligros acechan”. Cuenta que un día, cerca de la isla San Lorenzo, su pequeña embarcación fue rodeada por una ballena, la cual podía derribarlos con su aleteo, pero no sucedió. El cetáceo nadó lentamente cerca de ellos y se alejó.
Don Ángel dice que un pescador es un aventurero que nunca sabe qué le deparará el destino al salir al mar. “Me conozco todas las islas. Hay más de las que se ven en los mapas. Aunque la mayoría son muy pequeñas, cerca de ellas puedes encontrar bastantes peces”.
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Cuentan los que conocen a don Ángel que su principal característica es la responsabilidad y la bondad. Justamente por eso decidió casarse a los 33 años “cuando ya tenía como mantener a una familia”.
Tuvo dos hijos, Marlene y Aníbal, a los que “siempre les inculqué valores. La plata es necesaria, pero más importante es no hacer daño a nadie, ayudar al prójimo y ser responsable”. Eso es lo que les enseñó a sus hijos y sigue enseñando a sus siete nietos.
Hoy, don Ángel dice que ya no sale a pescar, pero sigue haciendo cachuelos para los pescadores de Puerto Nuevo. Lo que gana allí y su pensión 65 los comparte con sus nietos, a los cuales considera “el mejor regalo que me ha dado Dios”.
Los secretos de un pescador
“La primera vez que salí al mar aún estaba oscuro, sentía temor, pero también emoción. Se sufre en el mar, pero también se disfruta”.
“No quise que mis hijos sean pescadores, pues es una vida difícil. Se trabaja mucho y descuidas a la familia”.
“Me duelen los huesos, por eso ya no salgo a pescar. Ya no tengo las mismas fuerzas, pero me gusta estar cerca de mis colegas. Siempre seré pescador”. “Ahora para mí lo principal es estar con mis nietos, paso mucho tiempo con ellos y soy feliz”.