Opinión
Periodista
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El cruce de las avenidas Benavides y Castilla, a pocas cuadras de la bella plaza de Armas de Tumbes, llevaba varias horas inundado, como si se tratara de una piscina de más de 20 metros. Los tumbesinos, acostumbrados a que este tipo de situaciones se susciten anualmente en esta época, cruzaban la pista resignados. Poco importaba que el agua les llegara hasta las rodillas. No les quedaba otra opción que salir a la calle a cumplir con sus obligaciones. La vida continuaba, y parece que también la indolencia de quienes fueron elegidos para velar por la integridad de la ciudad y de sus habitantes.
Esta no habrá sido la escena más terrible que el autor de esta columna vio la semana pasada a su paso por la región en la que –dice la frase cliché- “empieza el Perú”; pero sí la más representativa. Y es que puede hacerse extensiva a gran parte del norte del país, inmerso en la tragedia a raíz de lluvias e inundaciones que son recurrentes al iniciarse cada año. Esta vez, exacerbadas por ‘Yaku’ –fenómeno inusual calificado como ciclón a falta de un término que lo defina mejor– estas precipitaciones fluviales tuvieron en Tumbes mayores efectos destructores. Aquellas zonas urbanas y rurales en las que, a pesar de todo, no se ha implementado infraestructura para encauzar el embate de las aguas desbordadas, fueron las más perjudicadas.
Asentamientos humanos como Villa Jardín, en Puerto Pizarro, y centros poblados en Aguas Verdes, evidenciaban la gravedad de la situación, pero también un abandono de larga data, traducido en la ausencia de pistas y veredas. Ante esa situación, hasta resultaba ingenuo preguntar a los vecinos por la existencia de muros de contención y de los desfogues necesarios en todo terreno susceptible a lluvias intensas. Las salas y dormitorios inundados en sus casas ofrecían con su silencio tristes respuestas. La amargura en los rostros y gestos de los moradores al escuchar a las autoridades visitantes denotaba desconfianza y decepción.
En las calles, el barro imponía su color y humedad. Mientras, un grupo de jóvenes tumbesinos que cumplían su servicio militar voluntario, hundían infructuosamente sus palas en el fango. Las motobombas y equipo idóneo para esa labor estaban en otro lugar. Llegarían en los días siguientes, aparentemente desde muy lejos.
La intensidad de las lluvias fue bajando en Tumbes durante esta semana. Calles y trochas se secaron, pero las pérdidas causadas por las aguas siguen dañando la tranquilidad y la economía de muchas familias. La emergencia se repetirá, sin duda, si es que de una vez por todas no se construye la infraestructura que el sentido común reclama desde hace decenios para esta región y sus lluvias.
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