Opinión
Periodista y sociólogo
En el Perú, los conflictos por reformas sociales están afectando seriamente a las ciudades y sus ecosistemas, con toma y destrucción de infraestructura pública, incendio de comisarías, locales públicos y domicilios de autoridades, además de atentados contra empresas agropecuarias, cierre de comercios, suspensión de actividades productivas y algunos servicios públicos, como agua y recojo de basura.
Solo en los últimos 10 días las fuerzas antimotines han empleado ingente cantidad de gases lacrimógenos para dispersar a los protestantes. La explosión y humo de estos gases (clorobenzilideno malononitrilo) en un radio de 300 metros cuadrados calientan la tierra y el asfalto creando un efecto de miniinvernadero dañino a la salud humana (piel, ojos, sistema nervioso, alteración del ciclo menstrual, efectos mutagénicos, psicológicos y aceleración del cáncer) y, por supuesto, también animal.
La flora y la fauna de Lima y otras ciudades del interior del país están siendo afectadas en su ciclo biológico. Las aves se desorientan y muchas mueren al estrellarse contra los edificios, postes y cables; su reproducción se altera, así como su efecto en el control de insectos y la polinización. Igualmente, las plantas tienen reacciones negativas en su metabolismo y fotosíntesis. El agua de espacios públicos se contamina. El paisaje urbano se altera.
Mahatma Gandhi, el apóstol de la no-violencia –el 30 de enero se cumplieron 75 años de su muerte en la India– dijo: “No hay camino hacia la paz, la paz es el camino”. El planeta debe escuchar y poner en práctica esta sabia frase. Nada justifica pelearse –incluso hasta la muerte– entre hermanos, y mucho menos atentar contra la naturaleza, nuestro gran hogar verde. El pacifismo y el ecologismo deben guiar nuestra vida.
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