Central
Periodista
jvadillo@editoraperu.com.pe
1.
Al verlo, uno piensa que así debió de lucir José Gabriel Condorcanqui a los 78 años si cuatro caballos no lo hubieran convertido en mito, en 1781. Y no podrán matarlo.
Reynaldo Arenas, con su voz, su perfil aguileño, su 1.76 de estatura, es icónico. Es el Túpac Amaru II más famoso de la pantalla y de la memoria colectiva, desde que se estrenó el largometraje epónimo en 1984. Aún no ha nacido el actor que lo destrone de ese privilegio.
Recuerda que en Tinta, Cusco, mientras filmaban la cinta, los campesinos lo veían como una reencarnación del caudillo andino y oraban a su alrededor.
Fue un año de preparación para asumir ese papel que lo hizo popular. “No había vestigios de Túpac Amaru y nos basamos en un cuadro de Milner Cajahuaringa”, recuerda. Fueron amanecidas y largas discusiones con el director Fico García para perfilar al líder andino que había puesto en jaque mate a la colonia española. “Había que estructurarlo para que este hombre sea impactante en todo lo que irradiaba: benefactor, justiciero, buen padre de familia, valiente”.
![]()
2.
¡Son 50 años dedicado a esta labor tan quijotesca!, dice con esa voz educada, pastosa. Pero no siempre fue así. Cuando estudiaba en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD), sufría de bullying porque hablaba cantando y le decían “serrano, habla bonito”. “Fui corrigiendo mis defectos sin perder mi identidad”.
Reynaldo se envuelve en un poncho y toca la quena mientras en ese pequeño chalet de Magdalena donde vive desde hace quince años junto con su segunda mamá, su tía Sara Teodora, va recordando pasajes de su vida.
A los 11 años debutó como actor. Pero fue antes, a los 6, que le nació “cierta inquietud por el arte dramático y la declamación”. Su mamá tuvo que dejarlo por 18 meses en el puericultorio Pérez Araníbar, donde los hermanos Maristas le inculcarían el amor por la poesía, la música, la danza, el trabajo manual. Allá empezó a aficionarse por la música clásica y las óperas; a interesarse por las manualidades. “Desde ahí arrastro esa inquietud por el arte”.
Otro momento que lo marcó fueron los dos años que vivió en la casa de sus primos en Cajamarca: él fue el niño más feliz del mundo, pastoreaba a las ovejas y estaba en contacto permanente con la naturaleza.
![]()
El tercer momento se dio al volver a Lima: su madre, María Olinda Horna, ya estaba recuperada y empezó a trabajar como doméstica en la casa de Luis Hernández Camarero, el poeta de la generación de los 60.
Era una casa enorme en Jesús María, donde se respiraba arte en discos, libros, instrumentos musicales. Hernández era un amante del ballet, de la ópera. Había tertulias interminables en las que se hablaba de los grandes poetas. En esa casa, el pequeño también hacía teatro con Lucho Hernández, en el patio y en la sala.
Con esa familia vivió hasta los 11 años. Luego, con su mamá buscaron un espacio propio. Ella empezó a lavar ropa y a coser, y Reynaldo se ganaba la vida como lustrabotas y miloficios.
Estudió la secundaria en el colegio Lima San Carlos, donde compartió carpeta con el actor precoz Fernando Larrañaga. El hijo de la actriz Gloria Travesí lo animó a debutar en las tablas como un soldado romano. Fue en la obra Vida, pasión y muerte de Cristo, que presentaron en el coliseo Nacional, cerca de La Parada.
“Me interesó esa dualidad, de dejar de ser tú para convertirte por un momento en otra persona”, recuerda. La “magia” se dio cuando su actuación causó reacción en el público; “me pareció muy interesante el poder de mentir y con convicción”.
Cuando terminó la secundaria empezó a trabajar como auxiliar en un colegio particular, donde conoció al director del teatro de San Marcos Guillermo Ugarte Chamorro (la ENSAD hoy lleva su nombre), quien lo recomendó a la academia Histrión, Teatro de Arte.
Allá, Sebastián Salazar Bondy le exigió tres condiciones: puntualidad, disciplina y colaboración. “En Histrión me encontré con lo que realmente quería ser”. Arenas tenía 23 años y otro de sus maestros, César Urueta Alcántara, lo preparó para que postulara a la ENSAD. “Salí de la ENSAD en 1976, y desde ahí no paro”.
![]()
3.
“Yo soy cholo, serrano y trigueño, y combatí los estereotipos”, dice. Al inicio, los personajes que le daban eran todos marginales: porteros, capataces, sirvientes. “A medida que te enfrentas a un medio tan hostil, también te da fuerzas para vencerlo. La terquedad me permitió avanzar y terminé interpretando a héroes, ja, ja, ja”.
En estas décadas, Reynaldo Arenas ha interpretado al Señor de Sipán, César Vallejo, Túpac Amaru, Atahualpa, Ollantay, Atusparia, José María Arguedas… El físico favorece a este actor que nació en San Pedro, un barrio del crisol de la cultura cusqueña. “Yo me dormía entre susurros de zampoñas, quenas, charangos y mandolinas”.
Ha trabajado en todo tipo de obras. Para adultos, para niños, inclusive hizo temporadas en los cafés-teatro de la Lima de los setenta y ochenta, con títulos como El último tanto en París o Doña Bella. “Era un teatro muy escabroso, procaz. Te obligaban a salir desnudos. Me daba vergüenza”. Pero lo hizo por una necesidad: ya era padre de una niña. Hoy, ya no toma cualquier papel.
En 1992 se fue a trabajar por siete meses a Europa, haciendo teatro callejero en diversos escenarios: actuaba y tocaba quenas y zampoñas.
4.
Durante esta “maquiavélica” pandemia ha tenido que reinventarse para sobrevivir con los pocos ahorros que tenía.
Arenas participó en la fallida miniserie Los otros libertadores (2021), como el tío de Túpac Amaru. Este año filmó dos películas; una de ellas, el western andino El Puma, rodado en las alturas del Alpamayo, en Áncash. Hizo también un par de obras de teatro; una bajo la dirección de Aldo Miyashiro, Un maldito secreto. Y reanudó sus viajes a provincias.
Lleva el cabello azabache por las exigencias de su papel en el monólogo Mi Vallejo, París y los caminos. Es una obra que lo ha llevado por diversos escenarios de todo el Perú.
“El arte sensibiliza, educa, despierta el patriotismo adormecido, pero a los gobernantes les interesa tener borregos para manipular”. Arenas viaja a provincias para hacer teatro peruano. “Aunque ganes poco, vas llevando arte. Ahí está la verdadera política cultural”, dice.
![]()
El 90% de su tiempo se dedica a estudiar los textos para ir delineando los personajes que le encargan. Ensaya y vuelve por la noches a casa, donde lee hasta quedarse dormido. Solo los domingos ve películas. Le gustan el cine europeo y oriental, así como las películas peruanas. Ha visto varias veces la cinta Wiñaypacha.
De joven fue hippie (“¡a qué no le entrábamos!”), vivía como nómade, en un eterno compartir, amor y paz, pero al ser padre, cambió. Ahora su hija es cineasta y vive en Los Ángeles. Cada vez que llegan sus dos nietos, Reynaldo desaparece, recorre con ellos el Cusco.
“Eso es parte de la vida. Uno crece, se reproduce y también dice adiós. No le temo a la muerte porque creo que es ir a una dimensión mucho más hermosa”, finaliza.
Datos:
La película Túpac Amaru ganó premios en Lima, La Habana, Pionyang, Quito y Bogotá.
Fue considerada entre las 10 películas más representativas del cine latinoamericano de todas las épocas por el Festival de Cine de Tokio (1986).
Desde el año 1969, Reynaldo Arenas ha participado en 17 largometrajes, 19 novelas y teleseries, y ha protagonizado una veintena de obras de teatro.