Opinión
Instituto de Ciencias para la Familia (ICF). Universidad de Piura
La valentía intelectual ha llevado a muchos a profundizar en la comprensión de este plexo de relaciones, tanto en su composición como en su medición. Innumerables y diversos estudios buscan diagnosticar qué hay dentro de esa caja de oro (la familia) y qué dimensiones indican cómo funcionan los vínculos familiares desde la perspectiva de sus integrantes: cónyuges, padres, hijos o hermanos.
Los enfoques en el diseño y construcción de los instrumentos de análisis no saltan a la vista necesariamente de manera intempestiva, sino que hace falta un mínimo detenimiento para hurgar en su diseño y bases conceptuales. Por ello, diversos centros de investigación, con enfoque interdisciplinario, como corresponde a las ciencias para la familia, trabajan para develar las raíces profundas de esta realidad humana por excelencia, que lleva a muchos a reafirmar su importancia, aunque en sentido estricto esto exija una radical búsqueda antropológica y racional del porqué la familia es lo mejor para la persona y para la sociedad.
Las nociones de persona subyacen en los enfoques teóricos y en el comportamiento humano de todos, que esto sea de forma explícita o implícita es poco relevante.
Así, el materialismo de Marx se centra en la satisfacción de las necesidades materiales. Desde algunas familias se alimenta esta lógica y se educa bajo esta premisa. La deconstrucción de las relaciones afectivas y sexuales puede encontrar su arraigo en los postulados de las teorías freudianas; la irrestricta primacía de los sentimientos e instintos por encima de la razón y la voluntad no parecen haber dado solución ni alivio al dolor, desconcierto, soledad, ausencia de sentido en la vida y a los problemas de salud mental.
Nietzsche, a partir del evolucionismo de Darwin y su supervivencia del más fuerte, promulga la lógica de la superioridad y la competencia, visión que, trasladada a la familia, puede enarbolarse como campo de batalla entre varón y mujer, desalojando al amor incondicional y la reciprocidad.
El valor exacerbado del trabajo, por encima de la vida lograda de la persona, es un enfoque que secundan algunos pensadores, olvidando que la plenitud de la vida humana abarca el ocio –tiempo libre– y, desde luego, el trabajo.
La filosofía clásica recuerda dos de los rasgos esenciales de la persona: libertad y afán de trascendencia. Sobre estas bases, Viladrich, en el tomo II de Los amores y vínculos íntimos aporta luz al fenómeno del vínculo conyugal amoroso, refiere que el hombre, en cuanto alguien que busca trascender de sí mismo, es capaz del compromiso nupcial; y que el contrayente “puede darse y acoger por entero y de por vida al otro cónyuge, aunque con su entendimiento conozca una parte pequeña de lo que da y acoge y de a quién se lo da y acoge”. Este acto demuestra que la voluntad parece superar al entendimiento: “lo querido es mayor que lo conocido”.
Por extensión, acontece lo mismo con los vínculos familiares filiales (entre padres e hijos) y fraternos (entre hermanos); con los errores, limitaciones y egoísmos característicos de la naturaleza humana.
Que los amores y vínculos íntimos dependan de la voluntad es una gran noticia para la conducción libre de cada miembro de la familia; para una actuación recta (intencionalmente buena) y correcta (no necesariamente exitosa, en los términos en los que hoy se mide todo).
El efecto multiplicador de cada familia, beneficioso o perverso en la sociedad, es una consecuencia directa de lo que cada una sea capaz de ser. Vínculos intrafamiliares auténticos podrán promover mejores familias que incidan en sus entornos directos con valores ascendentes que modelen –o remodelen– la sociedad actual. La familia es lo mejor para todos.
Como ocurre con la empresa, en el estudio de la familia se retorna al punto de partida siempre: catalogar los vínculos conyugales y familiares a partir de una imagen de persona cuya actuación busca explicarse.
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