Central
Periodista
mlflores@editoraperu.com.pe
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Eran las 10:20 de la noche y todo estaba listo para iniciar la sesión. Nos dimos cita en una casa cerca de la Vía de Evitamiento, en Lima Este.
Mientras la maestra Lourdes Mahua terminaba de alistarse, en el piso de la habitación, sobre una tela multicolor con diseños amazónicos, ya estaban distribuidos la ayahuasca, una botella con agua florida y los cigarros de mapacho.
La ayahuasca está compuesta por dos plantas: la enredadera ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y el arbusto chacruna (Psychotria viridis), el cual aporta el componente alucinógeno.
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La maestra Mahua acaba de abrazar el medio siglo. Pertenece a la etnia shipibo-konibo; empezó a aprender sobre las ceremonias de ayahuasca gracias su padre, el maestro Manuel Mahua Ochavano. Él la introdujo a este mundo cuando ella tenía solo 12 años. Le dio la confianza para que beba pequeños sorbos de ayahuasca mientras entonaban los íkaros.
De esta manera, creció con la fuerza y la energía de la planta, y continuaría con estas tradiciones, tomando el camino de su padre.
Los turistas suelen contactarla mediante la red social Instagram para que les organice un ritual de la ayahuasca. Son sobre todo de Rusia, Ucrania, España, México y Brasil. En mi caso, pude contactarla gracias a una artista de la comunidad de Cantagallo.
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La maestra inició la ceremonia con los íkaros, los cantos mágicos que se entonan en estos rituales como un primer paso para la conexión entre nosotros y el mundo espiritual.
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Luego, procedió a tomar el agua florida y salpicó con la boca un poco de ella sobre mi cabeza, para luego encender el mapacho y también soplar el humo sobre mí.
Antes de tomar la ayahuasca, ya vertido el líquido en una pequeña copa de vidrio, me dio la indicación: concéntrate y pide lo que quieres ver o preguntar a la planta. Cerré los ojos y lo ingerí. Al contrario de lo que creí, no resultó tan amargo, aunque posiblemente para otros les resulta intolerable.
Me acosté en el colchón que tenía a mi lado y me dispuse a descansar. En los primeros minutos, quise concentrarme lo mejor posible. Sin embargo, si lo fuerzas, sientes que no llegas a nada. Entonces, empecé a relajarme.
Minutos después, apareció uno de mis grandes temores: la oscuridad. Se manifestó en un pozo negro y profundo en el que mi cuerpo no dejaba de caer. Ese primer contacto tal vez sea un enfrentamiento a los temores, a aquello de lo que huyes y no logras enfrentar.
Para los que están acostumbrados al control, puede resultar una experiencia incómoda. El cuerpo se acomoda en el colchón, los brazos se colocan en posturas que uno no logra explicar y se comienza a percibir extrañas estimulaciones. La cabeza no dirige, esta vez solo se somete.
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A cada intento por incorporarme, los mareos aumentaban. La maestra, quien ya había tomado la ayahuasca y fumaba el mapacho, no interrumpía a los íkaros. Aunque era consciente de lo que estaba a mi alrededor, mi mente era elevada a visiones que no comprendía; una tras otra, a toda máquina. Mi cuerpo estaba en una situación distinta: estaba apagado, era pura tranquilidad.
Una de las imágenes que más recuerdo fue un mural. Se trataba de un fondo de colores verde, naranja y fucsia. En el lado derecho, veía a la maestra Lourdes envuelta en íconos de la flora y fauna selvática. Ella tenía un traje increíble, rojo y azul, con adornos de hilo dorado. De ella salían varios brazos, como si se tratara de una diosa de la India, y proyectaba una energía luminosa como el sol.
En la esquina izquierda del lado izquierdo, se veía la cabeza de un animal cantando y emergían de él varios cuellos de pavos reales de color azul brillante. Todas las cabezas iban dirigidas a la maestra como si le cantaran. Era un espectáculo majestuoso, de realeza.
Pasó poco tiempo y el mural empezó a congelarse. Un frío intenso se apoderó de mi cuerpo. Lo curioso fue que “veía” cómo ese frío comenzaba en las entrañas, formando bloques de hielo por todos lados, reduciendo el panorama colorido a solo una mezcla de celeste y blanco.
Otro breve episodio que también me impactó fue cuando sentí mi brazo derecho “separado” de mi cuerpo, como si lo hubieran cortado y tirado al piso. En un intento por volver a la realidad, con la mano izquierda toqué esa extremidad abandonada para verificar lo que mis ojos no podían creer.
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En esta experiencia no logré ver escenas en específico de mi vida, pero sí percibí una avalancha de sensaciones que llevaban a cuestionarme aspectos de mi comportamiento o sentimientos que quizá yacían enterrados y que son necesarios liberar.
Durante la ceremonia con la maestra Lourdes, no puedes ponerte de pie. En un intento por hacerlo, sentí cómo las rodillas me temblaban y los objetos alrededor parecían girar como un carrusel a gran velocidad.
Afortunadamente, este efecto empieza a desaparecer hacia al final de la ceremonia, dejando una marca de paz y tranquilidad indescriptible.
El ritual de la ayahuasca puede resultar una experiencia desafiante. Es importante tomarlo con seriedad y así rescatar el aprendizaje obtenido en esta travesía espiritual.