• JUEVES 30
  • de abril de 2026

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Día del padre: Papás de pura vocación

Enrique Durand (Padre e hijo)

En los pasillos de la unidad de cuidados intensivos (UCI) del Hospital Nacional Guillermo Almenara del Ministerio de Salud trabajan los doctores Enrique Durand. Padre e hijo comparten el mismo nombre y la vocación de salvar vidas.

Enrique Edwin Durand Alfaro, el padre, es médico de la UCI de este nosocomio desde hace 35 años. También lideró el equipo de especialistas médicos que desarrollaron soportes respiratorios para pacientes con covid-19.

Por su parte, el hijo, Enrique Alonso Durand Vilca, trabaja aquí desde mayo del 2020 como médico general. La experiencia durante el covid-19 le permitió definir su actual especialidad como médico intensivista.

Como médico intensivista, Enrique Durand padre nunca pensó que en algún momento sería un paciente en el hospital donde trabajaba, y menos que su hijo vigilaría de su salud cuando en enero del 2021 se contagió del covid-19. En la lucha contra la enfermedad, su esposa también se contagió y Enrique Alonso se convirtió en el pilar de la familia.

Hace unos días, el doctor Enrique Alonso fue aceptado para hacer el residentado de medicina intensiva en el mismo hospital donde trabaja y anunció que quiere especializarse en la misma área que trabaja su papá, para quien este es el mejor regalo que pudo recibir por el Día del Padre: saber que su hijo mayor seguirá su legado. Lo llena de orgullo y satisfacción, aunque dice que no hace distinciones como padre y comparte amor por sus otras dos hijas.

Por su parte, su hijo entiende que es difícil pasar en familia el Día del Padre, especialmente para un médico de la UCI, pero señala que no necesita un día en específico para decirle a su padre lo mucho que lo ama.

“Mi papá es mi mejor amigo, mi modelo, la valla que tengo que superar, es mi motivo, lo que me impulsa y lo que quiero llegar a ser en algún momento de mi vida”.

Deyvis Ipanaqué

“Ser papá me cambió la vida. Era muy joven y me decían ‘tú estas perdiendo mucho’. Pero es algo bonito ver a tu hijo, que te diga ‘te quiero’, estar con él”, dice el licenciado tumbesino Deyvis Ipanaqué, quien se enamoró de la profesión de enfermero, allá en el caserío de Casa Blanqueada cuando veía a su primo dar apoyo a las parturientas, poner inyectables, socorrer a las personas enfermas, puro amor por ayudar al prójimo.

Años después, le tocó trabajar en un caserío del distrito de San Miguel de El Faique, en la sierra piurana. Estuvo ocho años por allá y solo veía a su hijo dos o tres veces al mes. Fue cuando conoció y se enamoró de una chica limeña. Dejó el caserío y continuo preparándose para hacer su especialidad. Cuando falleció la mamá de su pareja, se vino para acompañarla a Lima; llegó el covid-19 y en la Lima Centro Diris empezó a trabajar en la toma de pruebas.

Después se sumó a la Operación Tayta visitando a los adultos mayores de los barrios populares de la Lima histórica. “Para mí, que venía de un caserío, fue una experiencia chocante porque veíamos muertos en todos los lugares”, recuerda.

Cuando llegaron las vacunas se integró al Centro de Vacunación de La Videna, en San Luis. Deyvis se levantaba a las 4 de la mañana y dos horas más tarde empezaba el trabajo, que se podía extender hasta las ocho de la noche. Llegaba a su casa casi al filo de la medianoche, casi solo para dormir. Se preocupaba más por resolver la problemática de las personas que por marcar los horarios de salida; por ello fue reconocido, y hoy el licenciado Ipanaqué, de 33 años, es el coordinador de este centro de inmunización en el distrito de San Luis y tiene a su cargo a 75 personas.

Ahora, “por cosas de la vida”, su hijo, de 12 años, vive con él acá, en Lima, mientras con su esposa, Katherine Roque, esperan el nacimiento, en unas semanas, de su segundo niño. Pero Deyvis también es hijo. “Extraño a mi papá, José Félix, él vive en Tumbes. Constantemente lo llamo, estoy atento a su salud”, dice con su dejo cantarín.

José Montero

“Soy una persona que siempre le ha gustado aprender muchos oficios. Uno puede aprender todo lo que quiera, no hay edad para hacerlo”. A sus 41 años José Montero ha sido chef, barman, jefe de seguridad en un casino, estudió Ingeniería de Sistemas en la Argentina y sabe arreglar de todo.

Ingresó a trabajar en el área de seguridad del hospital de Emergencia Villa El Salvador (Heves). Ahí, de curioso, aprendió toda la documentación que se necesita para el levantamiento y traslado de cadáveres. Y con ese conocimiento empezó a trabajar en el área. En la peor parte de la pandemia, recuerda, por día debían tramitar hasta 45 cadáveres y hacían turnos de 24 horas. “Se llevaban por docenas los cuerpos”, indica. Ahora es asistente de administración del Heves.

Es padre de tres hijos. “Me siento bendecido de poder inculcarles las cosas más simples. Enseñarles que ayudar a los demás con alegría es más valioso que dar dinero”, dice.

En Argentina también llevó un curso de restauración y lo aplicó, primero, en arreglar los juguetes de su niñez. Ahora no solo es su propia colección y los juguetes de sus hijos, sino también ha restaurado juguetes que la hermandad del Señor Cautivo de Ayabaca dona a niños de pocos recursos. “No hay mayor pago que la sonrisa de estos niños”.


Juan Taipe Rojas

Ni el cansancio, ni los turnos rotativos, ni el covid-19 han sido impedimentos para que decline en su triple ocupación diaria: de enfermero (en el hospital de emergencias Casimiro Ulloa, donde labora hace 28 años), bombero (de la Benemérita Centenaria Compañía de Bomberos Olaya N° 13, donde es voluntario hace 22 años) y papá (en su hogar, en Chorrillos).

Para Juan Taipe Rojas, de 55 años, sus dos hijos, de 20 y 17, son su fuerza para salir adelante. Ellos lo ven como un referente; incluso el menor quiere ser bombero como él. Una de las principales motivaciones de Juancito es que ellos lleguen a ser personas de bien y que puedan servir también a la sociedad en la función que cumplan en la vida.

La vocación de servicio le afloró de escolar, cuando se desempeñaba en la brigada de la Cruz Roja. Y en secundaria decidió formarse académicamente para ser enfermero.

“Durante mis estudios superiores, ingresé al hospital Casimiro Ulloa; los primeros siete años como técnico en enfermería y luego como licenciado en Enfermería”. En una de esas intensas jornadas laborales le entró el deseo de pertenecer al Cuerpo General de Bomberos: siempre veía en los pasillos del nosocomio miraflorino a los pacientes referidos por los hombres de rojo.

Ahora es el tercer oficial y jefe de administración de su compañía. “En un 70% de veces salgo en la ambulancia y en un 30% en la máquina de agua”. Para Juan, la Benemérita Centenaria Compañía de Bomberos Olaya N° 13 y el hospital Casimiro Ulloa son parte de su familia.

Los enfermeros ocuparon un lugar importante en la primera línea de lucha contra la pandemia del coronavirus porque no solo ejecutaban las prescripciones de los médicos, sino que también acompañaban en el día a día a los pacientes. En esa “trinchera”, a Juan le tocó caer enfermo.

Llegó a UCI y estuvo intubado “con ventilador y todos los procedimientos invasivos” durante casi un mes. Afortunadamente, respondió al tratamiento y salió de alta el 17 de febrero del 2021, un día inolvidable, pues a su salida lo recogieron su familia y sus hermanos bomberos, que lo llevaron a la compañía y luego a su domicilio.

“Nosotros, el personal de salud, no tenemos día de descanso”, recuerda Juan Taipe, quien en mayo del año pasado se reintegró a sus labores de enfermero y en diciembre, retomó su vocación de bombero. Un feliz Día del Padre a todos ellos. (Silvana Quiñones, José Vadillo, Juan Alcalde)