• VIERNES 10
  • de abril de 2026

Opinión

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Respeto a la naturaleza

La auténtica libertad es condición necesaria, pero no suficiente, para lograr el ansiado bien pleno y real.


Editor
Luis Francisco Eguiguren Callirgos

Doctor en Filosofía. Profesor de la Facultad de Humanidades. Universidad de Piura


La realidad entera, por la que la sabiduría se pregunta incesantemente, a la vez que vislumbra respuestas desde épocas inmemoriales, es entendida por la modernidad como integrada por tres componentes: el principio supremo y absoluto, el sujeto humano observador y lo observado directamente: la naturaleza.

Sabemos que el nacimiento de la filosofía griega, durante la llamada época presocrática (entre el siglo VII y VI antes de la era cristiana), está caracterizado por la búsqueda del principio supremo a partir de los fenómenos naturales.

Según Giovanni Reale (1931-2014), destacado estudioso de la filosofía antigua, son los pitagóricos quienes conciben al mundo que observamos como un cosmos, un todo ordenado, arreglado por un principio supremo. Efectivamente, cosmos, en griego clásico, es un sustantivo proveniente del verbo kosmeo cuyo significado es: yo ordeno, ajusto de acuerdo con una cierta regla. De ahí que, cosmético, sea aquello que permite el arreglo personal.

La sabiduría pitagórica reconoce, a partir de la experiencia ordinaria, que los principios del cosmos son los principios de los números. El pitagorismo es apreciado por sabios de la época moderna como Galileo. Se reconoce que la naturaleza se puede entender mediante las matemáticas, echando así las bases de la física moderna.

Junto a este mencionado reconocimiento de un orden interno, un estatuto propio de la naturaleza, en la modernidad se presenta el afán de liberación humana: liberarse de las limitaciones que ofrecen nuestros otros compañeros en el todo que es la realidad. Según antes se vio, estos compañeros son: el principio supremo y la naturaleza. Descartes nos muestra ese afán en El discurso del método, buscando el camino (odos en griego clásico) hacia la meta, de aquí: met(a)odo(s). Camino a la meta de la liberación de las limitaciones que nos imponen tanto el principio supremo, por encima del ser humano, como la naturaleza, con sus leyes propias que exigen respeto.

Por eso, la ciencia perfecta, que procura gestar la modernidad, es la del dominio de la naturaleza para hacernos cada vez más libres. En contraste, la ciencia concebida por la filosofía clásica griega, el aristotelismo en particular, es el conocimiento cierto (seguro, firme) de la realidad por causas: principios reales. Conocimiento cierto anhelado por la arraigada convicción de que aproximarse a él trae suma dicha. Se aprecia que la felicidad consiste en contemplar (theorein) el principio supremo (arché) a través de la naturaleza (physis). Por esto el filólogo sueco Ingemar Dühring (1903-1984), en su obra Aristóteles. Exposición e interpretación de su pensamiento, destaca que el sabio de Estagira es el secretario de la naturaleza.

El aristotelismo distingue ciencia (episteme) de técnica (techné). En cambio, la modernidad ha generado, en sus afanes liberadores, la llamada tecnología, en la cual la ciencia y técnica se han entrelazado peligrosamente, resultando un arma de doble filo respecto al bienestar o la catástrofe.

La ciencia se cultiva, según el paradigma moderno, para transformar a la naturaleza, pretendiendo lograr que esta no trunque las aspiraciones humanas hacia una progresiva e indefinida liberación. Así, algunos autores se refieren a que el homo sapiens –ser humano sapiente– de la premodernidad ha pasado a ser el homo faber –ser humano transformador– de la modernidad.

En la posmodernidad nos toca vivir las consecuencias de la actitud del homo faber, factor de la sociedad tecnológica desequilibrada, en la que prevalecen las técnicas –supuestamente liberadoras– sobre la Ética. Tal prevalencia, del “poder hacer” de las técnicas sobre el “deber ser” de la Ética, ha ocasionado y ocasiona daños a la propia naturaleza, cuyo estatuto, que un adecuado desarrollo de la Ética habría de resguardar, ha sido manipulado por ansias de autoafirmación humana –liberacionismo–, llegando a enceguecerse la inteligencia, para poder aproximarse a entender pacífica y pacientemente que la auténtica libertad es condición necesaria, pero no suficiente, para lograr el ansiado bien pleno y real.

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