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Crónica: la vida diaria durante la ocupación


Editor
José Antonio Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe


El 18 de enero de 1881 fue el cumpleaños más fúnebre que Lima recordará. Ese día, el redoble de tambores anunció el ingreso de las tropas chilenas a la capital. Las celosías de los balcones permanecieron en mutis igual que los candados de los negocios. Solo flameaban las banderas que los extranjeros habían izado apurados para que los bárbaros atilas no saqueen sus propiedades y respeten sus vidas. 

Medio año antes, los invasores habían desembarcado y planificaban su ocupación militar desde Pisco, Chilca, Curayacu, Lurín y Pachacámac. De acuerdo a ley, todos los limeños de 16 a 60 años fueron llamados a conformar los variopintos batallones. De 10:00 a 14:00 horas, se suspendían todas las actividades comerciales en la ciudad para que estos varones sin rigor castrense realicen ejercicios bélicos.

A ellos se sumarían batallones que llegaron para salvar el honor de la patria desde lugares como Pomabamba, Puno, Jauja, así como “Los libres de Cajamarca”, “Los libres de Trujillo” y otros hombres de pundonor.

Aunque con poca formación militar, los hijos de los ricos limeños se aherrojaron los cargos de oficiales. Y para evitar a los desertores, el “califa” Nicolás de Piérola ordenó exigir el pasaporte a todos los que quisieran salir de la provincia de Lima.

“Finalmente, durante el mes de enero de 1881, se producirían los enfrentamientos. De un lado un ejército profesional como el chileno, del otro, una cuasi improvisada milicia defensiva peruana. El resultado en las batallas de San Juan y de Miraflores fue la derrota para el bando nacional”, escribe el historiador Emilio Rosario en su libro Lima tomada. Vida cotidiana durante la guerra contra Chile (1879-1883) (Lima, Fondo Editorial de la Municipalidad de Lima, 2021).

Los heridos nacionales fueron socorridos en nosocomios improvisados preparados por las órdenes religiosas. No tuvieron esa suerte los prisioneros peruanos heridos en combate: fueron conducidos por sus captores a la isla San Lorenzo, donde fallecieron sin auxilio médico.

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Del boato, Lima pasó al duelo. Todos tenían un muerto qué lamentar: porque miles de peruanos fenecieron en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores. En las pampas de San Juan, por ejemplo, se cavaron fosas comunes de los combatientes vueltos anónimos.

Limeñas como la poeta Lastenia Larriva decidieron vestir desde entonces bajo el tinte del luto perpetuo. Por sus propios muertos. Por el desastre de la patria. Y las novias, durante esos años luctuosos, subirían a desposarse al altar en riguroso color del cuervo. No había nada que celebrar.

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El 15 y 16 de enero de 1881, Lima se tiznó sin alumbrado público. Negro sobre negro. Menos para las familias más pudientes y sus servidumbres, que con semanas de anticipación se habían marchado al norte chico o la sierra central, como cuenta el polígrafo Pedro Dávalos y Lisson (ellos comenzarían a volver recién a partir de 1882). Los que no tuvieron ese privilegio de los cobardes, pidieron asilo en las embajadas e instituciones religiosas. O se quedaron en sus casas, con sus hijos, mujeres y ancianos, a soportar estoicamente el saqueo de la ciudad por los chilenos.

Los peruanos no sojuzgaron la justicia a la administración de los invasores y cerraron los tribunales. El militar chileno Patricio Lynch, en el cargo de gobernador interino de Lima, buscaría garantizar el respeto de los extranjeros y sus propiedades. Y en esas circunstancias, muchos se la jugarían al simular trasferencias de sus propiedades a ciudadano extranjeros.

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Tres palabras llegaron para convivir en Lima: intranquilidad, inseguridad y violencia. Los alimentos escaseaban, subían los precios y el dinero se depreciaba. La gran patriota Antonia Moreno recordaría: “no era fácil, pues, circular en ese ambiente dominado por el enemigo”.

El agregado militar inglés William Acland sería testigo de los atropellos contra los civiles peruanos, describiría a las tropas chilenas como “grandes bebedores” que destrozaban por diversión, violando mujeres, matando civiles y hasta removían cadáveres solo por goce, apuntó.

El historiador Rosario deduce que esta actitud de la soldadesca chilena fue una “reacción barbárica” que respondía en parte a la “casi inhumana” forma en que eran tratados por su propia oficialidad. Empero, estos no hacían esfuerzo mayor para detener sus excesos.

Por supuesto que hubo contingentes de resistencia en la ciudad. Escaramuzas de soldados peruanos que buscaron inicialmente reconquistar la ciudad, pero les faltó liderazgo. Los marinos fondearían la Unión, nuestro último buque de guerra frente al Callao; destruyeron los transportes Rímac, Tumbes, Limeña, Chalaco y Talismán y un torpedo destruía al Atahualpa.

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Las tropas chilenas se instalaron en espacios públicos como la Biblioteca Nacional y la Universidad San Marcos. Y palacio de Gobierno se convirtió en su cuartel general. Marchaban constantemente, controlaban los centros de abastos y buscarían reestructurar nuestro aparato estatal (con el fin de garantizar los fondos para su permanencia en territorio ocupado).

En las iglesias, los oficiales chilenos celebran misas por sus caídos; muchas veces impuestas con la fuerza. Los limeños debían de subsistir y comenzaron a retomar tímidamente sus actividades mientras veían resignados cómo saqueaban nuestros centros de enseñanza y los oficiales chilenos se adueñaban de las mansiones.

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La población femenina fue la más afectada. Temiendo el acoso de la soldadesca enemiga, muchas iban a misa de madrugaba, otras se disfrazaban de hombres o pasaron la mayor parte de la ocupación encerradas, algo que hoy, en pandemia, ya no es difícil de imaginar.

El diplomático Luis Alayza y Paz Soldán escribió que muy pocas limeñas entablaron relaciones personales con los chilenos. Como testimonió un coronel chileno, citado por el historiador Fernando Lecaros. “la actitud de las limeñas fue un ejemplo de dignidad y patriotismo”.

La ocupación de la capital duró hasta el 23 de octubre de 1883. Tres días antes el “presidente provisorio” Miguel Iglesias había firmado el Tratado de Ancón, “cediendo” la provincia de Tarapacá. Tacna y Arica pasaban a administración del Chile por 10 años. Solo Tacna retornaría al seno de la patria, en 1929.

Para Emilio Rosario, la derrota en la Guerra con Chile (1979-1883) desnudó los vacíos de nuestro proyecto de nación “demostrando sus múltiples taras, como la desunión de los sectores dirigentes, la improvisación de nuestro sistema defensivo y la endeble capacidad financiera para asumir el cuidado de la integridad territorial”.

¿Y de qué nos sirve recordar el pasado? “Construir la vida cotidiana de aquella época nos invita a reflexionar sobre los ánimos contemporáneos de la población y a entender determinadas acciones y reacciones”, finaliza.

Dato:

El libro de Emilio Rosario se descarga libremente en este enlace.

Cifra:

100,000 habitantes tenía Lima en 1881. El 10% eran ciudadanos extranjeros.