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Periodista
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Josefina Rojas no cree que su vida tenga algún parecido con la de María Reiche, la matemática alemana que se dedicó a investigar y conservar las líneas de Nasca, en la región Ica.
Sin embargo, la arequipeña de 67 años lleva cerca de medio siglo protegiendo los fósiles del desierto de Sacaco, ubicado en el norte de la región Arequipa, el cual recorre bajo el inclemente sol y el viento que levanta todo a su paso.
Es una mujer menuda, pero con una fortaleza enorme. Mientras está en silencio, parece tímida. Y hasta frágil. Pero cuando empieza a hablar aflora su energía y no queda duda de que su amor por el desierto de Sacaco es a prueba de balas.
Y su amor fue más allá. Aprendió a reconocer fósiles y a colectarlos. Orgullosa cuenta que ha ayudado a recuperar varios de ellos, que se exhiben en el Museo de Historia Natural (MHN), de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
“Nadie tiene la vida comprada. Estaré aquí hasta que tenga vida y salud, en honor a mi suegro, Roque Martín, quien cuidó y protegió esto. Voy a seguir protegiendo los fósiles de Sacaco. Además, voy a atender [al público en el museo de sitio]”, asegura.
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El origen
Cuando estaba a punto de cumplir los 18 años llegó a vivir al desierto junto con su esposo, Carlos Martín. Ya estaba oscuro –recuerda–, así que recién al día siguiente se percató de que la vivienda de sus suegros era la única que había en la zona.
Su suegro, el inmigrante español Roque Martín, que se afincó en Sacaco en 1938, y el hijo de este, Carlos Martín, se había dedicado a la colecta y el cuidado de fósiles del desierto arequipeño.
El español marcó el origen de esta historia y el Museo de Sitio Sacaco se inauguró en 1990 para proteger un esqueleto de ballena, bautizado en su honor como Roque. Su hijo le siguió los pasos hasta que, al morir, en 1999, Josefina tomó la posta y se encargó del recinto.
“Es la riqueza más grande que hay aquí, [el yacimiento paleontológico de] Sacaco es lo único que queda en todo el litoral de Arequipa, donde se puede agarrar un fósil”, asevera.
Ecosistema
En un inicio no fue fácil aprender a vivir lejos de las comodidades que ofrece la ciudad, e incluso el pueblo, pero entre Josefina y el desierto surgió un indisoluble amor.
“Me encanta vivir acá y me gusta cuidar los fósiles como lo hacían mi suegro y mi esposo”, asegura a El Peruano ante la atenta mirada de sus fieles compañeros de cuatro patas, Lanceta y Blue.
La dama de Sacaco vive con sus amigos peludos, a los que se suman Gatúbela y Chini Chini, dos mininos que son tan precavidos que prefieren el calor de la cocina o algún lugar más seguro de la casa antes que exponerse a los remolinos de arena en el desierto.
Su hijo, Carlos, viene a acompañarla cada vez que el trabajo se lo permite. Su hija, Josefina, radica fuera del país.
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La vivienda, situada muy cerca del remozado museo, forma parte del ecosistema de la protectora de Sacaco, el cual matiza con sus historias de la Luna y de cuerpos celestes que –afirma– a veces iluminan sus noches y cuidan de sus cultivos.
Así, el sol que ha tostado su piel y el fuerte viento cargado de arena –que hasta le ha cortado la visión, comenta– se han convertido en sus acompañantes. “Corre un viento infernal, hay que hacer las cosas temprano para poder trabajar en la chacra, donde tengo olivos y limones. Mi suegro se dedicó a los fósiles y se quedó ciego soplando, como María Reiche, con ese polvillo salitroso”, cuenta. Pero todo vale la pena, recalca.
De fiesta
Josefina ha generado tal apego al desierto que celebra todo aquello que permita el reconocimiento de Sacaco. Por eso, el 19 de noviembre fue un día de fiesta.
Después de tres años de trabajo se reinauguró el remodelado Museo de Sitio Sacaco.
“Me siento feliz por el trabajo que ha hecho el doctor Rodolfo Salas-Gismondi –quien lideró el proyecto– y [la geóloga] Diana Ochoa. Antes solo se veía esta ballena [Roque] y algunas conchitas; ahora ya es otra cosa. Estoy muy orgullosa”, subraya.
No puede evitar emocionarse al mirar el fósil de Roque por todo lo que representa en su vida: “Me encanta esta ballena, es preciosa; me gustan sus barbas fosilizadas y toda su estructura”. La protectora de Sacaco afirma que le gustaría atender de noche porque “el museo se ve hermoso iluminado por los reflectores”.
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Josefina espera que el museo sea más conocido entre los peruanos, para que valoren esta joya enclavada en medio del desierto, que proporciona información sobre especies únicas que habitaron el mar peruano entre 10 y 4.5 millones de años.
El paleontólogo Rodolfo Salas-Gismondi sostiene que el proyecto Las Ballenas del Desierto fue pensado en ella, “para reconocer, de alguna manera, todo lo que Josefina ha hecho por Sacaco”.
La dama del desierto de Sacaco hace una promesa: “Me voy a dedicar con más ganas a esto porque a mí me gusta. Yo vivo acá, en Sacaco, en este desierto”, que hace diez millones de años era un mar poco profundo rodeado de islas y en sus aguas habitaban ballenas, cachalotes, focas, cocodrilos y hasta un perezoso marino, entre muchas otras especies. Es su mundo, su historia de vida.