Opinión
Profesor de la Facultad de Medicina Humana. Universidad de Piura
Además, tuviste la fortuna de tener un padre putativo que te quiso mucho y ni qué decir tu mamá, de quien recibiste mucho cariño, hasta los últimos días de tu vida: “Mi querido y no olvidado hijito de mi corazón […]” te escribía en sus últimas cartas. Y nunca te olvidó: hasta poco antes de su fallecimiento, quiso recordarte con una esquela publicada víspera del 5 de octubre en el diario El Comercio. Sin duda, el calor de familia y tus cualidades fueron y son la base para el desarrollo integral de un niño, esperanza de los suyos y de la sociedad peruana, que entonces como ahora necesitaba y necesita referentes claros de superación, buen obrar y un gran corazón.
En 1877 ingresaste a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a la sección de Ciencias Naturales, donde obtuviste las mejores notas en Química y Botánica, siendo la primera materia de difícil entendimiento aún hoy para los estudiantes de Medicina; pero, como todos –incluso los mejores– pueden tropezar en algún momento, desaprobaste el curso de Física, dictado nada más y nada menos que por el sabio Federico Villarreal, referente y lumbrera de las Ciencias en el Perú y, aunque eso impidió tu ingreso a la Facultad de Medicina en 1879, no te desanimaste y superaste la adversidad, e ingresaste al año siguiente. Imaginamos las tensas y agotadoras jornadas de esos exámenes exigentes, pienso que de una u otra forma los que pasamos por las aulas de una facultad de Medicina lo hemos experimentado, es así como tu ejemplo, aunque a veces cueste reconocerlo, sigue inspirando a muchos jóvenes a superarse y aprender.
Te imaginamos de talla baja, constitución delgada, expresión seria, de conversación agradable y que concitaba a la confidencia. De espíritu cristiano y humanista, podemos comprender que con frecuencias escribías a tu padre, así: “Conformidad, querido papacito, por su salud, por sus hijos y demás familia; conformarse con aquel acápite de la Sta. Biblia que dice Si de Dios recibimos los bienes, porque no hemos de recibir los males”. (8 de agosto de 1885). En efecto, era difícil la situación de tu familia y ¡cómo no, en plena Guerra del Pacífico! Tiempos complicados y heroicos para los peruanos de tu época. Sin embargo, gracias a la gestión del entonces decano, Dr. Manuel Odriozola, pudiste continuar la carrera, con tus compañeros, acudiendo a clases en los domicilios de los catedráticos y las prácticas de Clínica y Cirugía en los Hospitales Santa Ana y San Bartolomé, donde ingresaste por concurso, para realizar el internado.
Mientras tanto, Daniel, aprovechaste el tiempo, en estos años aciagos, para practicar en la ambulancia de la Reserva, durante las batallas de San Juan y Miraflores, y en las siguientes que hubo hasta el término de la guerra. Eso sí, no alcanzamos a entender del todo tu preocupación por la humanidad y el avance de la ciencia, hasta llevar a práctica aquel dicho de Cuvier: “El hombre no será bien conocido si no se le estudia en el hombre”, lo que te motivó no solo a estudiar la etiología y la anatomía patológica de la verruga peruana, sino que también, ante un concurso sobre este tema, afrontaste la arriesgada experiencia de hacerte inocular por tu amigo, el doctor Evaristo M. Chávez, la sangre inmediatamente extraída por rasgadura de un tumor verrucoso de un paciente de la sala Nuestra Señora de las Mercedes del Hospital Dos de Mayo.
El resto es historia ya contada y analizada por muchos. Solo quise escribirte estas líneas para manifestar ese lado muchas veces desapercibido de los grandes: la vida cotidiana, llena de virtudes y defectos, de pequeñas luchas y acciones que van moldeando una personalidad como la tuya, de la que hay mucho que aprender. No quisiera hacer conjeturas de lo que pudo suceder: si sobrevivías, si viajabas a Europa como era tu deseo para culminar la carrera, si regresabas o no al Perú; no me gustan los “hubiera”. Pero, aún así, me quedo con esta frase sin terminar, que no soy quién para completarla. Tal vez los que vengan después lo harán: ¡si hubieras sido médico, Carrión… si hubieras sido médico!
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