Central
Es tierra de habas, papas nativas, mangos y berenjenas, y un buen destino para saborear el chilcano de trucha, el cuy chactado con trigo o el puchero con chicharrón, acompañados de una refrescante chicha de jora, cómo no.
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Chuquibamba es un lugar como los de antes: allí aún se saluda con una reverencia; los niños y niñas juegan tranquilamente en las calles, y –como las señales de celular y cable son muy limitadas– hay bastante tiempo para descansar y disfrutar de la naturaleza.
Riquezas por doquier
Naturaleza impresionante como la que ofrece el cañon de Bellón, un acantilado ubicado a 2,335 m.s.n.m. que termina en las orillas del río Chacahuayco. Es un espectáculo natural empotrado entre montañas, el azul del cielo y el susurro del viento frío del ande.
El cañon se ubica a 45 minutos en auto desde Chuquibamba, poco antes de llegar al caserío de Cochabamba. Es típico que los visitantes se detengan en este paraje para contemplarlo. Aquí, una selfi resulta espectacular.
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Quince minutos después, la historia inca le abrirá sus puertas. Es cierto, porque Cochabamba guarda entre sus tierras una de cuatro portadas del período incaico, construidas con una veintena de rocas perfectamente talladas, como era característico de la cultura inca.
Su construcción es de tiempos de Túpac Yupanqui (1441-1493) y su uso era exclusivo de la realeza inca. Las otras tres portadas se desmoronaron como producto de terremotos o por la mano del hombre.
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Treinta metros más allá se encuentra una tina construida con piedras que parecieran cortadas con molde. Los lugareños la conocen como “Baños del inca” y presenta un completo sistema de alimentación de agua y desfogue de la misma. Fue construida empotrada en la tierra, con un acceso tipo puerta y algunos peldaños para facilitar el acceso de sus usuarios.
Atuén y petroglifos
Otro de los anexos de Chuquibamba es Atuén, a donde se llega luego de tres horas de viaje en auto desde Chachapoyas. Se ubica a 3,400 m.s.n.m. y le reserva al visitante dos de sus más preciados recursos.
El primero es el complejo arqueológico de Cabildo Pata, a cinco minutos en auto de Atuén y reúne una veintena de muros circulares que formaban parte de viviendas y otras construcciones de la cultura Chachapoyas, conocidos como “los guerreros de las nubes”.
El estilo de las construcciones es preínca, pues, a diferencia del casi perfecto tallado de piedras incas, estas se hallan unidas unas a otras de forma artesanal y sin trabajo de pulido alguno.
Aquí, en Atuén, también se encuentra la laguna de Mishacocha. De aguas turquesas, esta cocha se ubica a 3,630 m.s.n.m. y a una hora de caminata, aunque también tiene la opción de hacer el recorrido a caballo.
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Este es uno de los lugares para los que existe un tour local a cargo de la asociación Mishayaku. Comienza por la mañana desde la localidad de Atuén con un guía que lo acompañará y orientará durante todo el camino. La entrada a la laguna cuesta 5 soles, el guiado 40 y, si decide montar un caballo, otros 40 soles.
¿Bañarse en la laguna? Claro, pero solo un chapuzón porque el frío de sus aguas es implacable; además, contemple el espectacular paisaje natural, tómese docenas de fotos y, si es aventurero, quédese a acampar en el lugar.
En Chuquibamba no puede dejar de visitar los petroglifos. Se trata de inscripciones preíncas en cuatro grandes rocas semicirculares empotradas en la tierra sobre las que aún no se tiene una interpretación científica. Llegar a ellas solo supone unos quince minutos de caminata desde el centro del distrito.
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Debe saber que el distrito de Chuquibamba no solo está lleno de historia y recursos naturales, sino también es un destino ideal para realizar largas caminatas o trekking, cabalgar, aventurarse a acampar y hasta intentar la pesca de truchas en sus lagunas Warmicocha y Ollcococha.
Con todos estos carteles, ¿no se anima a visitar Chuquibamba? Su historia, sus paisajes, su gastronomía y su gente, lo esperan. (Hugo Grández)