Opinión
Periodista
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Antes que en conquistas sociopolíticas, estos se han traducido en aspectos que hoy, 50 años después, forman parte de la cultura popular y de la cotidianeidad. Entre las más notorias encontramos el cuidado del medioambiente, el activismo pacifista, la exploración de la espiritualidad y el desarrollo de estilos de vida comunitarios y alternativos. Su presencia en la política ha sido escasa, pero con algún hito representativo, como el de las manifestaciones en la convención del Partido Demócrata en Chicago, EE. UU., revisada en una columna anterior.
¿Y en el Perú? A diferencia de Chile, Brasil o Argentina, el hipismo fue un fenómeno muy minoritario. La dispersión de la información disponible al respecto lleva a concluir que el conservadurismo de la sociedad peruana y la emergencia del gobierno dictatorial castrense de ese momento restringieron su influencia. Así, los hippies peruanos formaron parte de un conjunto de iniciativas aisladas antes que de un movimiento integral.
Al igual que sus pares anglosajones, su principal punto de contacto lo tenían en la música, que por entonces empezaba a actuar como vehículo conductor de ideas que incluían la expansión de la conciencia mediante psicotrópicos y la libertad sexual. Planteamientos de esta índole chocaban de lleno con valores y costumbres vigentes en una época en la que la Iglesia católica ejercía una fuerte influencia social. Desde 1968, esos postulados también se verían confrontados con las reivindicaciones nacionalistas del gobierno militar.
Fueron pocos los hippies peruanos que apostaron por llevar un modo de vida comunitario y alternativo. Reportes de la época hablan de pequeñas comunidades en Barranco y Santa Eulalia, en Lima, y en el valle del Urubamba, en el Cusco, además de incursiones en Machu Picchu resaltadas con sensacionalismo por la prensa. Estos grupos se hallaban nutridos, sobre todo, por jóvenes de clase media y por visitantes extranjeros. Músicos, pintores, poetas y periodistas locales confluían también en esos círculos, tomando de ellos inspiración para sus respectivos trabajos. Mientras, los roces con las fuerzas del orden por cuestión de drogas o “vagancia” se iban dando con una frecuencia determinada, al parecer, por las conveniencias mediáticas del gobierno. La confrontación más notoria llegaría en diciembre de 1971, con la cancelación del concierto de Santana en Lima, un episodio tan rico en matices que bien merecería ser desarrollado con más amplitud.
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