Opinión
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El bloqueo de carreteras por trabajadores agrarios hartos de laborar por miserias es una señal de cambio urgente del modelo económico que tres décadas atrás se puso en marcha para corregir las distorsiones y la profunda crisis de la década de 1980.
Los menos favorecidos reclaman cambios, y también los que se han beneficiado con exoneraciones tributarias y otras ventajas dictadas para atraer la vital inversión privada, nacional y extranjera.
El neoliberalismo ha llegado a su tope. La inflexible liberalización de la economía está profundizando los problemas, y no podrá solucionarlos simplemente porque ha impedido aprobar las más sustanciales reformas estructurales, o ha interferido para que queden a medias. Además, lo del agro nos ha mostrado que el mercado laboral o de otra índole no se puede regular solo.
A la sombra del modelo se promulgó en el 2000 la Ley de Promoción Agraria (derogada por el Congreso) para fomentar la instalación de empresas agroindustriales formales en el país, principalmente en la costa. Esta acción le ha permitido al Perú posicionarse en el competitivo mercado global de la producción y transformación de productos agrícolas, y generar empleo formal, aunque mal remunerado.
Si bien no se puede responsabilizar de todos los males a esa norma, que en sus 20 años de vigencia ha permitido a la pequeña, mediana y gran empresa generar alrededor de 200,000 empleos formales, sí puede ser señalada como parte de un modelo incapaz, quizá porque no le interesa, de formalizar y otorgar una mejor vida a los productores más empobrecidos, aquellos que son propietarios de menos de cinco hectáreas de tierra o los desposeídos que solo pueden vender mano de obra.
Unos cuatro millones de trabajadores agrarios laboran informalmente, y ya sabemos que la informalidad genera pobreza, y la pobreza desencadena una calamidad aún mayor: desigualdad. Solo miremos un dato de la realidad: el 12% de todos los productores agrarios son analfabetos y el 30% posee primaria incompleta.
El neoliberalismo nos ha precipitado en un hondo abismo, y mientras descendemos nos hemos creado una metáfora: “Hasta ahora, todo va bien”, repitiéndonos el viejo chiste del “optimista” que al caer desde un rascacielos guardaba la esperanza de sobrevivir o de que una mano milagrosa lo salve del mortal encontronazo con el suelo.
Solo queda modificar el modelo, y no solo porque lo digan los que se sienten perjudicados, sino también porque así lo reclaman los que han sido beneficiados, como Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, quien asegura que “el fundamentalismo de libre mercado ha erosionado los derechos de los trabajadores y la seguridad económica, ha desatado una carrera desregulatoria hacia el fondo y una ruinosa competencia impositiva, y ha permitido el surgimiento de nuevos monopolios globales gigantescos”.