Central
El marrón-tierra que en octubre tiñe a los cerros que las cobijan contrasta con el naranja-fuego que enciende la leña o las hornillas de sus ollas comunes, fortines en medio de la pobreza que se acentúa en la actual pandemia.
Lejos de atemorizarlas, la emergencia sanitaria por el coronavirus sacó lo más fuerte de estas “madres coraje”, que cuchillo en mano, delantal en pecho y mascarilla en rostro enfrentan la adversidad cocinando y entregando el alimento diario a las familias de sus asentamientos, acaso más humanos que nunca. De alguna manera, las ollas comunes también son una primera línea de batalla; y ellas, sus aguerridas combatientes.
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Flor de Manchay
Pachacámac. Manchay. Mediodía. Cuando el altoparlante colocado en el poste más elevado de la asociación Cielo Azul canta con voz de alarma chirriante, los cerros bajan, pero lo hacen caminando, en trajinadas sandalias y vetustos zapatos de vecinas y vecinos que llevan en sus manos táperes y recipientes que serán llenados con la nutritiva sazón y el trabajo desinteresado de Flor Sotelo Lozano y sus colegas cocineras, que desde el 15 de julio dan vida a una olla común a prueba de desesperanza.
Mientras entona un huainito de su natal Huarochirí y el sudor se ahoga en su mascarilla, Flor de Manchay adereza el cau-cau y rememora el refrescante sabor de los marcianos que vendía en la era precovid-19.
“Salí de mi pueblo para progresar, y sigo en la lucha. Mi tierra es verde y acá falta casi todo, incluso el agua. Pero no retrocedo”, dice esta lideresa de 30 años. A diario organiza la cocina común para que salgan 120 raciones de almuerzo bien calientes.
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“No importa el tamaño. Así, chiquitas, somos poderosas”. Flor apenas mide metro y medio de estatura, pero es una gigante de carácter, respetada y querida. Madre de un niño de 12 años y de una niña de 10 saca voz de mando cuantas veces sea necesario.
“Me siento feliz al brindar un plato de comida a mis vecinos. Acá en Cielo Azul hay muchas carencias, y niños con discapacidad y muchos adultos mayores a los que ayudamos”, cuenta Flor, una de las más aguerridas madres que gestionan las 98 ollas comunes del distrito de Pachacámac.
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Motor de la cocina
Nada la detiene, ni siquiera el coronavirus, al que derrotó en junio. Kira Alcarraz Agüero tiene la vida cuesta arriba, como cuando sube las empinadas y terrosas escaleras que la conducen a la olla común Semilla de Paraíso Santa Rosa, su segundo hogar, en medio de uno de los tantos cerros de Ticlio Chico, en Villa María del Triunfo.
Cada mañana, después de ‘rutear’ al volante de su mototaxi, ‘Morena’, como la conocen en las pistas, se saca los guantes de piloto y se remanga la polera para dirigir la preparación del almuerzo que alimentará a más de 40 familias de su sector.
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Exgrifera, excajera, exadministradora de un gimnasio, exoperadora de call center, profesora de baile, graduada en administración de un instituto superior y hoy mototaxista, Kira es el verdadero motor del AA. HH. Paraíso Santa Rosa. Las señoras la saludan, la admiran, la siguen.
“El hambre se agudizó aquí con la pandemia. Por eso en abril organicé esta olla. Nos ha unido como asentamiento. Siempre les repito a mis hijos que no me digan ‘no puedo’. Sí se puede, solo hace falta voluntad. Hago todo esto porque he vivido desde niña la pobreza, y no soporto mirar las caritas de niños con hambre. Lo que paga todo mi esfuerzo es ver que las madres y sus pequeños se vayan felices con su comida. Eso, para mí, es bastante”, cuenta esta multifacética madre de 46 años. Aquí, en Villa María del Triunfo, el almuerzo de más de 9,500 personas dependen de ollas comunes.
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Mujer de acero
Al norte de Lima encontramos a Sarita Cárdenas Cruz. Tiene 44 abriles, pero parece que ya vivió varias vidas y todas en el papel de guerrera y heroína. Hace 19 años escapó de las llamas del incendio de Mesa Redonda y cada vez que habla del tema no puede contener las lágrimas.
“Yo vendía piñatería en una galería. El fuego se llevó a muchas personas amigas. Aún me duele como si la tragedia hubiese sido ayer”, solloza la madre más pujante de la olla común Niño Divino, del sector Profam, en el distrito de Santa Rosa.
De la mano de algunas vecinas, a diario prepara almuerzo y lonche, echándose a la espalda un cáncer que, desde hace dos décadas, le va y viene. Como si eso fuera poco, hace un lustro nació su segunda hija apenas a los cinco meses de gestación. Aunque la lógica y algunos médicos le decían que su bebe no sobreviviría, Sarita nunca perdió la fe y hoy ve corretear a su pequeña, que cada cierto tiempo sufre de algunos malestares producto de su nacimiento prematuro.
Pese a sus batallas personales, el hambre que traslucen los ojos de los más pequeños la empujó a forjar la olla común el pasado abril y así se abrió otro flanco de combate. “Veo en cada niño o niña a mi hija menor. El momento es complicado y hay que ayudarnos entre todos. La urgencia es clara y toda ayuda es bienvenida”, refiere Sarita. Niño Divino es una de la 50 ollas comunes que existen en Santa Rosa.
Flor, Kira y Sarita personifican a las madres luchadoras del Perú. ¿Hay, acaso, mejores ejemplos de entereza, resiliencia, solidaridad, empatía, entrega y pujanza que las madres de las ollas comunes?
OPINIÓN
Patricia Donayre Pasquel
Ministra de Desarrollo e Inclusión Social
Ellas no están solas
El telón de la pobreza urbana ha sido develado en los cerros de Lima. Así encontramos las denominadas ollas comunes multiplicadas para sobrevivir, y el Midis ha incorporado entre sus prioridades de atención a las valerosas madres que las dirigen.
Mediante el programa Qali Warma y, en coordinación con sus gobiernos locales y el Ministerio de Defensa, el sector les brinda apoyo para que sus ollas cuenten con productos nutritivos que combaten la anemia. El Gobierno no las podía dejar solas en su lucha contra la pobreza.
Los programas sociales adscritos al Midis han adecuado sus servicios al contexto de la crisis sanitaria y han incrementado sus intervenciones. El gran objetivo es asistir a la población en pobreza y pobreza extrema, y en situación de vulnerabilidad. El Midis no brinda dádivas; busca que haya cada vez menos pobres. Nuestro deber es cerrar las brechas sociales que nos distancian.
Datos:
El Programa Nacional de Alimentación Escolar Qali Warma, del Midis, inició el 3 de octubre la entrega de 3,398 toneladas de alimentos para atender a la población organizada en ollas comunes.
La entrega se hace por medio de los municipios distritales y continuará de manera progresiva en distritos de Lima Metropolitana y Callao hasta diciembre.
La intervención se realiza al amparo del Decreto Legislativo N° 1472, que faculta a Qali Warma a brindar asistencia alimentaria a poblaciones en vulnerabilidad a solicitud de las municipalidades, ministerios o el Indeci.
Los alimentos que reciben las ollas comunes son conservas de carne o pollo o gallina, leche, arroz, hojuelas de avena con quinua, frijol, lenteja, arveja partida, aceite vegetal y azúcar.