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José VadilloVila
jvadillo@editoraperu.com.pe
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Pinkullos, bombos y tejidos. Serpentinas, plumas y ojotas. Le propongo un viaje por las fiestas, danzas y bailes del Perú de la prepandemia. Decir fiesta es un genérico. En el mundo andino nacional, por ejemplo, hay celebraciones que vienen desde el antiguo Perú, con imágenes del inti (sol) y el inca. Se mantienen vigentes y nos sobrevivirán, tomando nueva fuerza tras el coronavirus.
También han tenido un papel importante los cristos y las vírgenes. O el carnaval, la festividad más importante de inversión del orden. En sus más de 300 páginas, el libro Fiestas y danzas del Perú, del Fondo Editorial del BCP, nos propone mirar ese mundo.
El coordinador científico de este proyecto editorial, el antropólogo Juan Ossio Acuña, propone darle una mirada a las danzas y festejos competitivos, como la corrida de toro con cóndor o la danza de las tijeras (Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad). Esta última, según el exministro de Cultura, es el paradigma peruano de las danzas competitivas.
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“Nuestra sociedad es eminentemente competitiva –dice–, pero hay un porqué en esa competitividad y tiene que ver con la idea de la reciprocidad, que es fundamental en la sociedad andina”.
El dansaq es como un boxeador, jamás baila solo. Necesita un contrincante. Lo mismo sucede con su violinista y arpista. También compiten. En esa dura batalla creativa, los danzantes no copian, inventan sus propios pasos en esos duelos.
Ossio recuerda que una batalla similar se da en el campo literario en las coplas que se entonaban en cada carnaval de Cajamarca. Se inventan coplas que otro grupo no puede repetir. Si los científicos apuran las investigaciones, en febrero ya volverán las competencias de bailes competitivas.
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En el volumen participan 13 investigadores. Se trata de etnomusicólogos, antropólogos y especialistas con gran experiencia de trabajo en el mundo andino.
Hay un trabajo vital si uno quiere hablar de estas tradiciones, y fue el publicado en 1946 por el fotógrafo y antropólogo francés Pierre Verger, Fiestas y danzas en el Cuzco y en los Andes. Para Ossio, aunque la edición fue modesta, con fotografías solo en blanco y negro, fue el libro pionero.
“El libro de Verger es importante. En la introducción, Luis E. Valcárcel calculó que, sumadas, hay alrededor de 200 danzas en Ecuador, Perú y Bolivia. Una entidad ha logrado hacer un recuento que determina que existen exclusivamente en el Perú alrededor de 1,500 danzas. Se quedaron cortos, creo que son más de 2,000 danzas en el país”.
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Para su cálculo, Ossio toma en cuenta la existencia de alrededor de 8,000 comunidades en el país, a las que suma los ámbitos distritales, provinciales y capitales de departamentos. “Ellos no celebran fiestas una vez al año, sino en distintas ocasiones del año y para cada una tienen que producir material nuevo, danzas nuevas. Así, es posible llegar a unas 2,000”.
El otro cálculo del investigador es la existencia de 24,000 fiestas en el país. “Tenemos que hacer esos cálculos –expone– por la dinámica de las comunidades”. Solo en el caso de Andamarca, en Ayacucho, donde Ossio inició sus investigaciones hace varias décadas, se conmemoraban 20 fiestas para igual número de santos.
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En muchos pueblos andinos, una parte fundamental de los espectáculos son las corridas de toros. O turupukllay. El juego con el toro. Y dentro de ellas, la más típica es aquella en que sobre el lomo del bovino ponen al cóndor. José María Arguedas habló de esta “corrida india” en su novela Yawar Fiesta (1941), ambientada en Puquio, Ayacucho, durante el 28 de julio.
“Es una corrida taurina especial porque el cóndor es una divinidad que desciende a la tierra y la van a enfrentar con un toro. El que caza al cóndor tiene responsabilidad directa sobre el animal. Los tratan con un cuidado tremendo y, al final, todo el pueblo hace un cacharpari para despedir al cóndor y transmitirle sus plegarias, a fin de que se las lleve a los apus. Es un poco la creencia”.
El doctor Ossio recuerda que el oscurantismo más grave que vivieron los pueblos y sus fiestas no fue el de los extirpadores de idolatrías de los siglos XVI y XVII. Se dio en la época de violencia (1980-2000), cuando Sendero Luminoso, con su mirada ortodoxa marxista decían que las celebraciones eran el opio del pueblo y querían prohibir rituales, pagos a la tierra, etcétera.
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Sin embargo, las personas se vinieron a la capital y recrearon aquí sus costumbres. Cuando Sendero Luminoso fue derrotado y ellos volvieron a sus tierras, volvieron con más fuerza. “Incluso, algo que me sorprendió, es que resucitaron una serie de bailes que habían desaparecido antes”, comenta.
Tras los primeros meses de zozobra, los jóvenes danzarines practican por Zoom o Google Meets sus talleres de danza, afinando las coreografías, preparándose para el mundo pospandemia con el fin de volver a las tradiciones.
“El sentimiento festivo de la gente –explica Ossio–, esa identificación con sus manifestaciones, es algo muy fuerte. Se ha pensado que el pueblo andino es muy triste porque vive encajonado entre la ladera de los cerros, en los valles interandinos, nada que ver: es la población más alegre y creativa. La creatividad bulle en la misma ideología de la sociedad andina”.
Recuerda que estos mismos peruanos, que saben zapatear, canturrear bajo el embrujo de guitarras y arpas, siempre está adecuándose en los cambios. Todo es relativo, solo es la tradición con nuevos ropajes.
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