Opinión
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario
En realidad, exigir que todas las disciplinas muestren como resultado una cantidad fabril de tesis era un llamado al optimismo más hiperbólico y, además, un despropósito de medición del aprendizaje. Se tenía, en primer lugar, una deficiencia en recursos humanos. Los profesores universitarios, ahogados en sus funciones lectivas y responsabilidades administrativas, además de bajos sueldos que los llevan a tener otros ingresos, se sobrecargaron y no podían satisfacer la demanda a la velocidad requerida. Además, la multiplicidad de los temas de investigación tiene un límite no epistemológico, sino de cantidad de especialistas que realmente manejen y conozcan los asuntos para los cuales son convocados como asesores.
Por eso, al convertirse en obligatorio, por una ley universitaria irreal, sin haber previsto el alto nivel de requerimientos, iba a surgir un cuello de botella con consecuencias administrativas-académicas desastrosas y, claro, las instituciones con nulo o bajos controles éticos, iban a activar mecanismos de automatización desproporcionada y de nula calidad. Mero formalismo y cero aporte al conocimiento. El propio modelo universitario creado en esa premisa errada de que todos deben hacer tesis estaba creando, por su propia inconsistencia teórica, un monstruo seudoacadémico. Por ese motivo, las organizaciones más debilitadas académica y éticamente respondieron a esa exigencia formal, industrializando las tesis a niveles fordianos. Y paralelamente aparecieron emprendimientos ilícitos y turbios que vieron una oportunidad de negocio en medio del caos provocado por una visión falaz e inexistente de la universidad. Hecha la ley, hecha la trampa, reza un antiguo refrán totalmente aplicable a estas prácticas deshonestas.
Otras universidades respondieron dando alternativas como producir un paper. Esto reduce el impacto, pero asume el mismo principio errado y fantasioso de que ese tipo de documentos miden los conocimientos, habilidades y destrezas con las que sus propias mallas curriculares, en cinco años, promueven.
Por eso, sin quitar la graduación a través de las tesis para las disciplinas que requieran ese procedimiento de validación académica, es más eficaz que las verificaciones finales de las competencias de los egresados se haga con aquello para la cual han sido formados. Y así cada campo de las disciplinas debe tener un tipo de ratificación específica a sus objetivos académicos. Y todos, no necesariamente, requieren de las tesis para corroborar exitosamente lo que han aprendido.