• DOMINGO 24
  • de mayo de 2026

Opinión

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Una reflexión sobre el perdón y la familia en Navidad


Editor
 José Luis Bravo Russo

Director de Centro Familias 360


 

Porque cuando un hogar ha atravesado un año de conflictos, silencios, peleas, indiferencias, ofensas y distancias es inevitable que esa carga se haga presente el 24 por la noche, aunque intentemos ocultarla bajo luces, villancicos y regalos.

Tenía 17 años cuando pasé una de las navidades que más marcaron mi vida. Aquella mañana del 24, mis padres tuvieron una discusión muy fuerte. “Cosas de adultos”, dirían después, pero para mí y mis cinco hermanos fue el inicio de una noche que aún recuerdo con claridad.

Mi mamá, incluso con el corazón adolorido, preparó cada detalle navideño. Y mi papá, seguramente herido también, se movía por la casa sin decir mucho.

Esa Nochebuena se sentía distinta. Ellos casi no se hablaban. Los hijos intentábamos reír, bromear, hacer que todo pareciera normal, pero era evidente que la tristeza se había sentado a la mesa con nosotros.

El ambiente era frío, tenso, frágil. Hasta que, alrededor de la 1:30 de la madrugada, mi papá llevó a mi mamá a la cocina. No escuché nada, pero vi el abrazo. Un abrazo que cambió la noche.

Minutos después regresaron y todo se volvió distinto. Todo fue más ameno y más sano. Como si ese gesto hubiera abierto una ventana para que entrara de nuevo el espíritu de la Navidad.

Años después les pregunté qué había pasado en ese momento. Mi papá, con la sinceridad de quien ha aprendido, dijo:

–Fue tu mamá quien me pidió perdón, aun cuando fui yo quien debió hacerlo.

Y añadió:

–Reconciliarnos fue lo mejor que nos pudo pasar.

Desde entonces comprendí que la Navidad no es solo luces y villancicos. Es una invitación a detenernos, mirarnos y sanar. Aprendí que el perdón no es una obligación impuesta por la fecha, no es un mandato que nos fuerza a fingir armonía.

El perdón es una decisión íntima, libre, que nace del deseo de soltar cargas, liberar emociones negativas y encontrar paz. La Navidad puede ser un buen momento para reflexionar, sí; para tender puentes, tal vez; pero solo si es sano y posible.

Perdonar no significa justificar conductas dañinas ni forzar conexiones rotas.

Si algo me enseñó aquella Navidad de mis 17 años es que la reconciliación sincera transforma. Que un abrazo puede restaurar una noche entera. Que el perdón, cuando nace del corazón, abre espacio para que Dios vuelva a nacer en el hogar.

Pero también entendí que el perdón verdadero es libre, no impuesto por la tradición, la presión social ni el calendario.

Porque la Navidad se celebra mejor desde la autenticidad que desde las apariencias. A fin de cuentas, no se trata de tener una familia perfecta, sino un corazón dispuesto. Y ese sí es el verdadero milagro navideño.