Opinión
Exdirector de Cooperación Técnica del IICA
Desde el inicio de nuestra existencia, los seres humanos hemos estado preocupados por necesidades básicas como alimentación, vestimenta y vivienda, y adaptamos animales salvajes y plantas para nuestro consumo y uso.
Lentamente desarrollamos conocimientos y tecnologías para sobrevivir como especie y dominar el planeta.
Pese a ello, cada tanto se sufrían hambrunas, relacionadas con desastres naturales, guerras y epidemias, lo cual llevó al surgimiento de preocupaciones sobre que el crecimiento de la población iba a superar a la producción alimentaria y esto desembocaría en una crisis planetaria. Esto no ha ocurrido como resultado de las contribuciones de la ciencia, la tecnología y la innovación.
Vivimos ahora nuevamente en una época con numerosos desafíos y repercusiones negativas en los sistemas agroalimentarios. Las soluciones a estos desafíos siempre han resultado de importantes avances en ciencia y tecnología.
El continente americano tiene una larga historia de colaboración sobre estos temas: las ideas presentadas durante la Primera Conferencia Agropecuaria de las Américas en 1930 llevaron a la creación del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) en 1942, durante la Conferencia Interamericana de Agricultura celebrada en Maryland, Estados Unidos, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.
Un principio central del IICA fue fomentar la investigación, la educación y la cooperación técnica agrícola, con un fuerte enfoque en la aplicación de los avances científicos para mejorar la productividad, el control de plagas, el rendimiento de los cultivos y el desarrollo rural, garantizando así la seguridad alimentaria y el progreso económico y social.
Tras la Segunda Guerra Mundial, mientras varias voces auguraban hambrunas inminentes, las innovaciones de la “Revolución Verde”, que en gran medida surgieron en las Américas, prevalecieron sobre las voces apocalípticas.
Las semillas, la genética mejoradas y mejores prácticas de fertilización y manejo permitieron al mundo reducir significativamente el hambre. La ciencia y la tecnología se aplicaron a los desafíos imperantes en aquel momento (el hambre o la escasez de calorías) en un contexto de energía barata y cuando la preocupación por las cuestiones ambientales y el agotamiento de los recursos naturales no prevalecía.
El cambio tecnológico hizo también que el continente americano se convirtiera en crucial para la seguridad alimentaria mundial, como la principal región exportadora neta de alimentos. Sin embargo, los problemas han aumentado en complejidad y escala.
En el 2050, el planeta probablemente llegue a los 10,000 millones de habitantes. Los problemas de nutrición y resiliencia exigen una producción agropecuaria y una dieta diversificadas, dentro de las limitaciones de las amenazas ambientales y en el contexto de mayores precios de la energía.
El continente americano, incluyendo a sus naciones insulares, es crucial a nivel global no solo por su aporte a la seguridad alimentaria, sino también por su centralidad en el ciclo de agua y oxígeno del planeta, como sumidero de carbono y como reserva de biodiversidad. Es también la región clave para la factibilidad de una transición energética a nivel mundial.
El Perú tiene en este contexto una gran oportunidad. Enfrentar estos desafíos de forma exitosa exige un esfuerzo renovado y sostenido de ciencia, tecnología e innovación, así como el diseño, la renovación e implementación de instrumentos institucionales y financieros que puedan apoyar a los productores agropecuarios a implementar a gran escala las soluciones necesarias.
Lo que ocurre en biotecnología y ciencias de la vida, tecnologías de información y comunicaciones y ciencia de datos, robótica e ingenierías, y muy especialmente en materia de inteligencia artificial, permite llegar a espacios impensados hasta hace muy poco, y hoy es posible hacer convergentes los otrora divergentes objetivos de incrementar la productividad y asegurar la sostenibilidad.
Para avanzar en el aprovechamiento de estas nuevas oportunidades se necesita un esfuerzo sostenido en recursos humanos y financieros, que debe basarse también en una nueva narrativa sobre el papel irreemplazable que desempeña la agricultura, garantizando alimentación, energía, fibras, empleo y desarrollo rural, contribuyendo de esta manera a la paz social y la gobernabilidad.
Nuevamente, como en sus más de 80 años de existencia, y con el liderazgo de una larga lista de ilustres directores generales, se necesita el trabajo del IICA para apoyar a gobiernos, productores y a la población para implementar esta “Nueva Revolución de Ciencia, Tecnología e Innovación.”
Necesitamos trabajar juntos otra vez para ayudar a desarrollar e implementar las soluciones tecnológicas, políticas e institucionales que permitan enfrentar los desafíos de alimentar a una población creciente, con dietas saludables y sostenibles, al tiempo que se generan ingresos y empleo, particularmente para las poblaciones más vulnerables.
* Candidato a director general del IICA