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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
SÁBADO 7

de diciembre de 2019

L I T E R A T U R A

Valdelomar, ausencia centenaria

Le bastaron 31 años a Abraham Valdelomar para ser considerado entre las inteligencias más sobresalientes del Perú. Agudo, sarcástico, iconoclasta, dibujante, político y escritor de múltiples capacidades, rompió moldes. A 100 años de su muerte, la estela del intelectual iqueño atrae a la intelectualidad.

5/11/2019


La premonición y el adiós. El 1° de noviembre de hace un siglo, Ayacucho era una ciudad por cuyas calles corrían acequias y, frente a su catedral, no se había sembrado palmera alguna. Ese día, la urbe serrana estaba de fiesta con la instalación del Congreso Regional del Centro, para el cual habían llegado 24 diputados de todo el país.

La ciudad vivía aún los ecos de la fiesta de Todos los Santos, cuando el lunes 3, tras la sesión inaugural, el diputado regional por Ica, Abraham Valdelomar, sufrió un grave accidente cuando se aprestaba a ir al banquete ofrecido en la prefectura. Rodó por las escaleras del hotel Bolognesi desde una altura de cuatro metros.

Inmediatamente fue atendido por tres médicos (Alarco, Canales y García), dos militares (el teniente coronel Salazar –jefe de la Sanidad Militar– y el coronel Bonilla) y su colega, el diputado por Lima, el periodista Julio A. Hernández. Pero su estado era muy delicado: tenía graves heridas en la médula espinal y los pulmones.



“Tengo miedo, doctor, me dijo la última vez que le estreché la mano en este viaje. ¿Quién cree usted que pueda serme útil en caso de enfermar?”, le había preguntado al médico y periodista Carlos Enrique Paz Soldán cuando llegaron a la ciudad de las 33 iglesias. Tal vez ya sentía los picotazos de la parca.

En Lima se acababa de implementar con éxito la Ley N° 2531, la ley antialcohólica, que entraba en vigor cada sábado y domingo. Y la Asamblea Nacional se aprestaba a coronar la carrera de Andrés Avelino Cáceres con el más alto grado dado a un militar: Mariscal del Perú. En París, los aliados preparaban las celebraciones del primer aniversario del armisticio tras la Primera Guerra Mundial. Y a las dos de la tarde del lunes 3 de noviembre, Valdelomar fallecía.



El martes 4 era la noticia nacional. En Lima, el presidente Augusto B. Leguía, estrenado hace tres meses en su cargo, había recibido la tarde anterior a los hermanos del vate Anfiloquio y Roberto Valdelomar. Dictó vía telégrafo a las autoridades de Ayacucho la orden para que “no se genere gasto alguno tendiente a honrar debidamente los restos del infortunado periodista y diputado regional”. El Ministerio de Gobierno ordenaba que los restos del escritor y político recibieran honores de comandante general. Recién el 16 de diciembre, sus restos llegaron y fueron sepultados en el Cementerio General de Lima (Presbítero Matías Maestro).



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El literato más agudo y prolijo de su generación había caído. Toda la intelectualidad comentó y escribió sobre el iqueño, quien en 1916 había dirigido la revista literaria Colónida, marcando época, aunque solo tuvo cuatro números.

Aún perplejo por la muerte del admirado amigo, César Vallejo publicó en el diario La Prensa: “Abraham Valdelomar ha muerto; el cuentista más autóctono de América; el nombre más sonoro de la última década de la literatura peruana”.

Un año antes, Vallejo entrevistó al Conde de Lemos. Recorrieron las alamedas limeñas. “Ya ve usted, hay tantas gentes imbéciles. Yo tengo que huir de tantas…”, decía en referencia a los “pseudo-literatos”.



Entonces, Valdelomar se ajustó los quevedos y leyó a su amigo cetrino, en exclusiva, algunos capítulos de su Belmonte, el trágico (1918), inspirado en el torero español Juan Belmonte. Escribió: “El ciclo eterno que la humanidad recorre es la perfección de un ritmo ilimitado (…). Cada ser perfecciona su ritmo y lo aporta al ritmo común, en el camino hacia Dios”.

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A los 24 años, en 1912, Valdelomar fue nombrado director interino de El Peruano. El iqueño había hecho una fuerte campaña en las calles a favor de Guillermo Billinghurst, quien fue elegido presidente de la República. Por entonces, las oficinas de este diario funcionaban en el número 1159 del jirón Carabaya. Lo dirigió hasta el 29 de mayo del año siguiente.

El desaparecido Manuel Miguel de Priego publicó un exhaustivo trabajo, El Conde Plebeyo (2000), en el que retrató a Valdelomar como un gran viajero: hay testimonios de su presencia en Arequipa, Ica, Cajamarca, Cusco, Puno, Piura, Paita, Moquegua, además de Estados Unidos, Francia e Italia.

Recordaba que el Conde de Lemos se había matriculado cinco veces en el primer año de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, entre 1905 y 1913, pero nunca llegó a completar un año de estudios. Tampoco avanzó mucho cuando en 1913 se matriculó en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Roma: la presidencia de Billinghurst terminó abruptamente con el golpe de Benavides y el escritor tuvo que retornar al Perú.



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La fama del cuento El caballero Carmelo era solo la punta del iceberg. Y con su imagen irreverente, fue un provocador frente a la pacata sociedad limeña. Ególatra y hábil, era nuestro Oscar Wilde, padre también de frases lapidarias. “Vuelva Usted a Trujillo y diga que dio la mano a Valdelomar”, le dijo a un bardo norteño. Fue también un dibujante “de pulso firme y trazo limpio”, lo describió Nicolás Yerovi: participó en 1907 del semanario Monos y Monadas; escritor de dramaturgia, consideraba a Verdolaga como su obra más “armoniosa”. Su ausencia es notable. (José Vadillo Vila)