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SÁBADO 7

de diciembre de 2019

MÚSICA PERUANA

El rey de las polcas

Compadre y admirador de Felipe Pinglo Alva, Pedro Espinel desarrolló una carrera como compositor de música criolla. Hizo recordados valses, pero, sobre todo, impulsó el género de la polca.

17/11/2019


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

A los dos días que Felipe Pinglo Alva componía valses para san Pedro, 13 de mayo de 1936, su compadre Pedro Espinel emergió de las honduras de la aflicción. Se había encerrado con la guitarra por la pérdida del amigo y maestro. Emergió y presentó en sociedad (criolla), allá en Barrios Altos, el valse en el que sintetizaba toda la tristeza del multiverso: “Murió el maestro”.

Con esa pieza, Espinel debutó como compositor. Ejercería el oficio hasta 1981, año en que fue, con tique de ida, a visitar al compadre que le llevaba la delantera.



Espinel perteneció a esa generación de jóvenes de La Victoria, Barrios Altos, el Rímac y el Cuartel Primero que hallaron, a principios de los años veinte, en Felipe Pinglo Alva a un renovador del valse criollo. Incluían las canciones del esmirriado compositor en su repertorio.

Espinel nunca olvidará la primera vez que vio a Pinglo: fue cuando el compositor de ‘El plebeyo’ daba serenata a su suegra, Eloísa Rivera, el 31 de diciembre de 1925. Felipe vestía terno fuliginoso y corbata michi. Cantó con su voz de barítono tres canciones de su inspiración, acompañado por tres guitarristas y un banjista. El público permaneció en respetuoso silencio y el alma.



Pinglo, de 27, y Espinel, de 18, iniciarían en otra velada la amistad, recién en octubre del año siguiente, tras coincidir en la casa de la familia Meneses, en la plaza Manco Cápac, en La Victoria. Pinglo sería padrino de dos de las hijas de Espinel, Olga y Victoria.

El rey de las Polcas

Con el tiempo, Espinel se coronaría como el Rey de las Polcas –el título se lo regaló el diario “La Crónica” en 1952–. Y la estela de su obra superaría las 100 composiciones. Después de “Murió el Maestro” compondría “El expósito”, “Remembranzas”, “Campesina”, “Renacer”, “Sonrisas”.

Tendría pasta para componer canciones a los ídolos deportivos: “Pobre ciego” estaba dedicada al boxeador Alex Relly; “Alejandro Villanueva”, al ídolo blanquiazul; y “Bom-Bom Coronado”, en honor al boxeador chinchano José Coronado.



Había creado obras importantes del cancionero criollo, más nunca declinó su admiración por el buque insignia del criollismo, Felipe Pinglo Alva.

Valses y rajes

En la década del setenta, la música criolla ya no era ubicua en el dial a cualquier hora del día, como en la época de oro del criollismo, sino que estaba subyugada a horarios.

Un grupo de jóvenes compositores daba nuevos bríos al criollismo, pero los criollos de anteayer se sentían insatisfechos por esa irrupción musical. ¿Cuál era mejor?, ¿el valse tradicional peruano o el melódico, moderno, con aires de bossa nova y los hierbas?



“El valse antiguo tiene la ventaja de que es puro de uva como nuestro famoso pisco, de manera que eso ha dejado una huella imborrable sobre todo en las personas que por entonces frisaban muy pocos años. Por ejemplo, yo estoy por los 70 y en esa época escuchan ‘Idolatría’. Estas cosas se recuerdan con gran ternura, así como los compases de aquellos valses famosos que nunca mueren”, respondió Espinel en una entrevista en 1977.

Cuaderno “secreto”

Nació en la calle Los Naranjos, en Barrios Altos. Decía que como su apellido era sinónimo “de un cordel de anzuelos para pescar”, fue víctima de las bromas pesadas en la escuela.

Si bien fue hijo de Eduardo Espinel, segunda voz del cantante Guillermo Suárez, a los 15 años, cuando escuchó a cantar a Costa y Monteverde, a Ascoy y Pindongo Romero, algo cambió en la vida de Espinel y no pudo dejar de seguir a los cantores y músicos. Toda la vida recordaría dos de las piezas de ese repertorio que escuchó esa noche maravillosa, “Ocarinas” y “Celaje”.

“Y luego, en mi cama, juré hasta las lágrimas no separarme más de la música y hacerla mi mujercita, cuidarla mucho y envejecer con ella”, contó en 1978 a “El Comercio”. Y formó su primer trío saliendo del cascarón de la adolescencia. Su agrupación más conocida serían Los Criollos del Barrio.

Los últimos 20 años de su vida residió en el Rímac, a espaldas de la Plaza de Acho, en el número 551 del jirón Cajamarca y, la última etapa, en Zárate, en la casa de su hija Clotilde. A mediados de los años setenta, debido a la diabetes, le habían amputado las extremidades inferiores, pero siempre reclamaba su “cuaderno secreto”, en el que apuntaba sus nuevas composiciones.



Solo a fines de los setenta dejó cinco años la composición. Gracias a que era un gráfico jubilado (empezó a trabajar a los 9 años en la industria gráfica), era asegurado y se atendía en el Hospital Central N° 2 (Hospital del Empleado).

Su última composición, escrita en su “cuaderno secreto” fue el valse “Páginas rotas”, en el que hace un recorrido sobre su vida. “Yo quisiera/ contarles mi amigo/ a los nuevos/ bohemia mi historia/ la embriaguez que/ me dio la gloria/ sin pensar que llegase el olvido”. Su ataúd fue llevado en hombros desde el Rímac hasta el popular camposanto. Sus restos descansan, entre valses y polcas, en el pabellón san Gaspar 221 C, del cementerio El Ángel.

 

300 canciones,se calcula, compuso espinel. la mayoría de ellas fueron polcas.