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JUEVES 5

de diciembre de 2019

Dibujar como jugando

Acaba de exponer sus cuadros en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y entre sus visitantes se contaban diplomáticos y autoridades de Estado de todo el mundo. Con ustedes, el pintor peruano Fernando Pazos Parró.

15/11/2019



Texto Hugo Grández

Cargó consigo dieciséis de sus pinturas y se embarcó en el vuelo que lo llevaría al otro extremo del continente. Dos días después ya estaba exponiendo sus trabajos en la mismísima sede de las Naciones Unidas de la ciudad de Nueva York.

La invitación se la había enviado el Consejo de Seguridad de la ONU. Llegó derechito al domicilio de Fernando Pazos Parró, artista peruano cuyo sello se caracteriza no solo por pintar las cosas como si las estuviera mirando desde el cielo o como las verían los pájaros, sino porque además lo hace con miles y perfectos trazos realizados con tinta china.

No solo fueron las características de sus dibujos, sino también el sentido de estos lo que animó al organismo supranacional a convocar a Pazos hasta la metrópoli más poblada de Estados Unidos. Lo peculiar de sus trabajos es que en ellos se aprecia una serie de juguetes infantiles de varias generaciones, pero en ninguno se alcanza a ver a niña o niño alguno. ¿Dónde están ellos?, le preguntan. En la guerra, responde Fernando Pazos. En la guerra, sí, entendida también como el trabajo obligado o la explotación a la que son sometidos en varios lugares del planeta. 

El arte fluyó

Los dibujos en sus cuadernos del colegio Carmelitas ya eran una señal del artista que llevaba dentro. Su fascinación por los cómics, aquella colección de dibujos que venía junto a un diario local que esperaba cada semana con ansias y sus estudios por correspondencia fueron solamente el inicio de su historia llena de trazos y color.

De sus obligados inicios en la carrera de Arquitectura no le quedan muchos buenos recuerdos, salvo aquel líquido oscuro cuya utilidad descubriría en clases y del que se enamoraría para el resto de su vida: la tinta china. Después, sus estudios de diseño en Lima y los de cine en Cuba le dieron mayores herramientas para crear y recrear.

De allí, la cosa fue para crecer. Se apasionó por los trazos, las técnicas, el blanco, el negro, el color, las texturas, y así los cuadros fueron saliendo como para romperle el ojo a entendidos y mundanos.

Esposo y padre de dos hijos, Fernando Pazos ha transitado entre proyectos con acuarela y tinta china, y a algunos hasta les ha dado volumen con técnicas de alto relieve. Pero también ha experimentado con objetos antiguos a los que ha vuelto a la vida con material reciclado; allí están espejos parchados con sirenas de madera o mesas completadas con cartón o papel reciclado. El detalle y buen gusto son su sello en todo lo que toca.

Templo de color

A la muestra “Let the children play” de Nueva York, Fernando Pazos llevó solo 16 de sus pinturas. Pero en su casa, que literalmente es un templo del color y el buen gusto, tiene docenas de cuadros, los que solo dejan un espacio en su sala cuando son vendidos por los precios que se merecen.

En sus paredes se puede apreciar sus típicos cuadros de casas antiguas que parecen ser vistas desde el techo, con mayólicas cuadradas y unas escaleras que parecen bajar hasta el infinito; allí también está aquel muñeco con gorro del joker de los naipes que pareciera saltar desde el fondo de una caja y al que Fernando jamás entenderá por qué le llaman Jack; más allá aquel pájaro de madera que dio vida a un cuento propio, y tantas otras creaciones cuya maestría tendría que ser vista con lupa, para apreciar la precisión de cada uno de sus miles de trazos hechos con tinta china sin usar regla alguna.

Desde hace unos años, Fernando pinta sobre su mesa. Lo hace sentado en una pequeña moto de baja aceleración que lo moviliza desde que tuvo problemas de motricidad en las piernas. Acompañado de un carrito en el que transporta sus colores y pinceles, dice que no es lo mismo pintar sobre un caballete porque no puede alejarse y ver la perspectiva, entonces, sobre la mesa, solo le queda intuir.
Acompañado de la imagen de la Virgen de El Quinche, que su esposa le trajo de Ecuador, y aquel antiguo tacho de luz comprado al ilustre fotógrafo Moisés Huayta, Fernando dice no desesperarle la próxima presentación de sus trabajos ni los diplomas o las distinciones que recibirá. A él solo le apasiona pintar; hilvanar en sus lienzos y con su amada tinta china aquello que piensa y siente. Solo así, Fernando Pazos Parró dice sentirse auténticamente humano.