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Año de la Universalización de la Salud
SÁBADO 26

de setiembre de 2020

JUAN JOSÉ CRESPO Y CASTILLO

Prócer de la Independencia

Es el prócer de la independencia más olvidado, no obstante haber liderado uno de los más grandes movimientos libertarios en el Perú. Rumbo al bicentenario es una obligación, para un periodista, revelar sus pasos y su ofrenda.

3/7/2016


Domingo tamariz lúcar periodista



Juan José Crespo y Castillo nació en la vieja Ciudad de los Caballeros de León de Huánuco, en 1747. Sus biógrafos, lamentablemente, no han podido dar ni con el día de su natalicio ni con el nombre de sus padres. Solo se sabe que desde muy joven se consagró a la agricultura, de la que hizo, como otros tantos criollos, su medio de vida. También estuvo empeñado en la búsqueda de minas y tesoros antiguos. Llegó, así, a ser un propietario respetado y de gran influencia en su ciudad. En sus tierras optó por el cultivo de tabaco y otros productos entonces en auge.



Contaba más de 50 años de edad cuando fue nombrado regidor a comienzos del siglo XIX. En esa función, cosa inaudita, acogió las quejas de los indios ante las extorsiones y abusos de las autoridades. Y cuando, en enero de 1812, se anunció la cancelación de la libertad de cultivos decretada por las Cortes de Cádiz bajo la amenaza de tratar como contrabandistas a los productores y comerciantes de tabaco, concluyó que todo era el resultado de una mala administración. Esta se encontraba entonces en manos del virrey Fernando de Abascal, quien en ausencia del rey de España (Fernando VII, en esa coyuntura prisionero en Francia) era considerado el rey de las colonias americanas.



A partir de entonces reunió en su casa, con mucho sigilo, a vecinos igualmente afectados por esa disposición para concertar planes libertarios. En ese andar, envió agentes a los pueblos vecinos; y “anunciando la inminente llegada de un inca justiciero o proponiendo la expulsión de los españoles, gestó una rebelión de los indios”.



¿Qué motivó la rebelión? El abuso de las autoridades contra los indios y también contra los criollos, principalmente agricultores. Fue, pues, una insurrección muy peculiar, que unió, acaso por primera vez, a criollos e indígenas en la lucha contra la dominación española.



El 22 de febrero de 1812, los indios de Panao, Huamalíes y de numerosos pueblos vecinos, armados de palos, cuchillos hondas y una escopeta, se dirigieron a Huánuco y se detuvieron en el puente Huayaupampa. Hasta allí acudieron clérigos y criollos para pactar con los dirigentes, en tanto un gran número de españoles huían de la ciudad.



Cuatro días después se formó una Junta de Gobierno –la primera durante el Virreinato–, a la que se plegó gran parte del pueblo huanuqueño. Como jefe político y militar de la revolución fue nombrado Juan José Crespo y Castillo (65 años de edad), quien procedió de inmediato a organizar a los rebeldes y dotarlos de armas (que tenía desde hacía un tiempo almacenadas en diversos depósitos), para hacer frente al inminente contraataque.



En esos dramáticos momentos, Crespo condujo a las huestes patriotas al puente de Ambo, donde se habían desplazado los españoles que habían fugado de la ciudad y que se vieron obligados a huir a Cerro de Pasco ante el ataque de los sublevados.



Al llegar a Lima la noticia del levantamiento, el virrey Abascal ordenó al intendente de Tarma, José González Prada –abuelo del autor de Pájinas Libres– combatir a los revolucionarios (Huánuco, por entonces, pertenecía a la intendencia de Tarma).



El 15 de marzo, González Prada movilizó a las tropas de la provincia y salió hacia el escenario de la insurrección. Al enterarse del movimiento de los realistas, Crespo y Castillo dispuso la movilización de sus huestes y se dirigió a Ambo, donde el intendente llegó el 17 de marzo con un ejército de 2,000 hombres. Las fuerzas patriotas y realistas se encontraron al día siguiente, y, cerca del mediodía, se libró una encarnizada y desigual lucha cayendo abatidos cerca de mil patriotas.



Consumados los hechos, el líder de la revolución volvió a Huánuco e intentó reunir a grupos dispersos y continuar la resistencia, sin ningún resultado. No tuvo entonces otra salida que internarse en la selva, donde sería capturado, merced al soplo de uno de los conjurados, que logró, así, que se le perdonara la vida. Condenado a muerte, Crespo y Castillo endureció el rostro ante el pelotón de fusilamiento, gritando: “Muero yo, pero mil se levantarán para ahorcar a los tiranos. ¡Viva la libertad!”. Sucedió un 14 de setiembre de 1812.



“Muero yo, pero mil se levantarán para ahorcar a los tiranos. ¡Viva la libertad!”