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Año de la Universalización de la Salud
LUNES 24

de febrero de 2020

LUCES PARA AVANZAR COMO PAÍS

“Entender el Perú desde una élite ya cumplió su ciclo”

Para Guillermo Nugent Herrera, profesor de la UNMSM, psicoanalista en formación y sociólogo, la publicación de su libro, ‘El laberinto de la choledad’ (1992), mantiene su vigencia porque existe un interés aún insatisfecho por reconocernos desde la desigualdad. Nos falta hacer el inventario de quiénes somos y crear una cultura de sentimientos ciudadanos.

14/2/2020


Suplemento Variedades


Texto  Susana Mendoza Sheen

–¿La choledad sigue en su laberinto?

–En un laberinto lo importante es saber orientarse sino te pierdes, y en las últimas décadas hacemos esfuerzos por orientarnos. Incluso las personas tozudamente conservadoras que se niegan a ver la realidad también tienen que orientarse. Los resultados electorales recientes no son una sorpresa, son desorientación. La mayoría de los medios de comunicación no saben orientarse respecto a la opinión pública a pesar del apoyo de las encuestadoras.

–¿Es un problema seguir en el laberinto? 

–No, estar en un laberinto no significa estar perdido. El problema es no saber orientarse. La gente que sabe cómo orientarse es la que migró a Lima después de la mitad del siglo XX. La élite que gobierna, que tiene poder político o económico curiosamente no accedió al conocimiento del país.

–¿Por qué razón?

–Desde el punto de vista conservador, siempre se ha creído que las medidas que favorecen al pueblo son populismo, por un motivo u otro, y la gente que las propone se pone a la defensiva. Lo cierto es que el término populismo no se entiende sin su opuesto, que es el elitismo. Creo que hay un elitismo en crisis en el Perú.

–¿A qué se refiere?

–Las visiones más típicas del Perú, como la de Víctor Andrés Belaunde, creían que nuestro país debía estar en manos de una élite pensante. Otros, como José Carlos Mariátegui y José María Arguedas, estuvieron más cercanos a las sensibilidades populares. El elitismo buscaba ser ilustrado. Hoy, recurre a las estadísticas macroeconómicas, no se compromete con los gustos del país y tiene la creencia de que mientras más apartado esté, mejor gobernará. Es la forma política cultural dominante en el país. Por eso persiste en el error. Aún está pendiente el cómo hacer de los sentimientos la materia prima para pensar políticamente.

–¿No lo han hecho los caudillos?

–No. Ellos conectan emocionalmente con la gente para bloquear su capacidad de pensar. Sin embargo, en el siglo XX probablemente quien estuvo más atento en ver cómo transformar los sentimientos de la población en una expresión política clara, fue el APRA y ese fue el gran talento de Víctor Raúl Haya de la Torre. No ha sido superado. Un segundo momento, que ya no es político, tiene que ver con los medios de comunicación. Durante el Mundial 2018 captaron instantes colectivos: las calles desiertas, las barras. Las emociones colectivas ya no se ignorarán. Eso será muy difícil.  


–¿Esas emociones no revelan una necesidad de identidad peruana?

–Hay dos lógicas culturales que han estado muy presentes durante la República: una es la del alejamiento, mientras más alejado de la “chusma”, más claridad para pensar y dirigir el país y otra que es de un permanente acercamiento a los discursos universales de adaptación, como, por ejemplo, adaptar los instrumentos eléctricos a la música andina tradicional.

–¿Cantar “Contigo Perú” durante el mundial no significa algo?

–Sí, una señal de que hay sentimientos comunitarios que todavía no son recogidos en la política, por eso se expresa en los estadios y no en los congresos ni en el Parlamento. Existe un poco de efusión colectiva que no encuentra un adecuado envase político y se hiperexpresa en el deporte.  Llama la atención el poderoso contraste que hay entre la hinchada de la selección y el profundísimo descrédito de un Parlamento que es elegido. Hay una disociación. Esa emoción que es funcional para el deporte, se traba en la política. Creo que es por el descuido de la educación escolar y universitaria pública.

–¿Qué revela este Parlamento de nosotros los peruanos?

–Que todavía, y ese es un rezago de la República, no hemos salido de la etapa de hacer el inventario de quiénes somos. Es terrible porque debió quedar resuelto hace 100 años. No tenemos el inventario de quiénes somos políticamente. Por eso la sorpresa, que es en verdad desorientación.

–¿Lima sigue de espaldas a los Andes y la Amazonía?

–No. Lo que existe es un centralismo geográfico, no un centralismo cultural. No existe una familia andina o amazónica que no tenga un pariente en Lima. Así no haya venido a Lima, tiene una red de comunicación y contactos que la acerca a una capital con 10 millones de habitantes. Sin embargo, para el diseño de políticas económicas ha prevalecido un pensamiento que funciona en Lima y el norte del país, pero no para el resto. La gente lo siente. Siente que no está adaptada a las realidades que les corresponde.

–¿Qué significa para usted conmemorar el Bicentenario?

–Es como la celebración de un cumpleaños. Uno evalúa qué bueno o malo hizo, pero también qué cosas puede hacer. Una de esas cosas es el poder reconocernos con naturalidad. La conmemoración es una oportunidad para tener conciencia de que somos distintos, pero estamos emparentados por un mismo país. Eso es muy valioso porque nos servirá para hacer nuestro inventario y reconocer que entender el Perú desde una élite ya cumplió su ciclo, tuvo su oportunidad histórica pero no funcionó. Nuestra tarea para el siguiente Bicentenario es crear una cultura de sentimientos ciudadanos.

El laberinto de la choledad

El laberinto de la choledad se publicó en 1992, y en este año se imprimirá la tercera edición. Después de casi tres décadas, el interés por las formas de reconocernos desde la desigualdad, permanece. El libro es un estudio sociológico que ha tocado una vena existencial de mucha gente. Se ha avanzado mucho en reconocer las diferencias culturales, pero los sentimientos igualitarios todavía encuentran muchos obstáculos. Uno de ellos es la progresiva privatización de la educación en los niveles escolares y universitarios. Al Estado ese proceso no parece preocuparle de modo significativo. Vivimos en una sociedad muy jerarquizada, donde es difícil reconocernos como iguales. Buscamos la manera de sentirnos superiores a los demás, en vez de ser mejores. Nos interesa más encontrar el lado inferior del otro. Alcanzar la excelencia en el terreno de las relaciones interpersonales no es un ideal todavía, a diferencia de celebraciones comunitarias como las fiestas patronales, danzas y bailes que se preparan porque el encuentro con el otro es una celebración.

Los hombres ya no pueden hacer lo de antes

En este siglo se está redefiniendo la masculinidad. Ahora los hombres no podemos hacer cosas que antes sí las hacíamos, y las mujeres, pueden hacer cosa, a todo nivel, que antes no se les permitía. Eso ha producido un cortocircuito en varios hombres, y eso explica que exista una degradación de la cultura erótica. El modelo de machismo tradicional implicaba cortejar a la novia, conviviente o futura esposa para lograr la prueba del amor. Hoy, los feminicidios los perpetran hombres que han tenido una satisfacción erótica inmediata y nada más. Cuando eso desaparece, muchos “entran en trompo”. Se ha juntado un machismo tradicional con una liberalización de las costumbres que ha producido un cóctel terrible. El varón sigue pensando que la mujer es de su propiedad, pero más rápido. Como tuvo relaciones una vez, dos o tres, entonces ya es suya. La liberalidad de la mujer con el machismo rancio es una bomba. Las mujeres están más desprotegidas por esa razón, porque no pueden hacer frente a la inmediatez de los impulsos sexuales no satisfechos del hombre.