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Año de la lucha contra la corrupción y la impunidad
MARTES 19

de noviembre de 2019

ENFOQUE

El avance tecnológico y la conducta humana (I)

Vivimos una realidad informática donde no es exagerado afirmar que los smartphones son una extensión física y neurológica de nuestro cuerpo.

9/11/2019


Luis Antonio La Rosa Airaldi

Abogado

 Recientes estudios advierten que las personas que viven en zonas urbanas de países de ingresos medios como el nuestro destinan, en promedio, cerca de 50 horas a la semana al uso de estos dispositivos. Los desafíos de la transformación digital y la imperiosa necesidad de adaptarnos a esta vorágine de las tecnologías disruptivas nos están llevando progresivamente a diluir los genuinos componentes conductuales que nos hacen seres sociales por naturaleza. ¿Cómo se explica nuestra alarmante dependencia de estos aparatos tecnológicos? ¿Acaso su uso prudente nos impide capitalizar oportunidades de superación?

La capacidad de innovación de las mentes detrás de estas creaciones digitales es asombrosa, pero la precisión con la que leyeron de antemano nuestro comportamiento supera cualquier bola de cristal. Quizás en esta predicción tan acertada de nuestra conducta radica su verdadero éxito más que en la materialización de la tecnología misma. Ya estamos inmersos en la dinámica, forman parte de nuestro diario vivir y, difícilmente, podemos revertir la situación. Hay que celebrar el ingenio humano, la modernidad y la utilidad de los avances tecnológicos. Las ventajas son innumerables. Pero también hay que saber poner ciertos límites allí donde hay que hacerlo, allí donde la utilidad de la tecnología le da paso a una inercia desmedida, superficial y vacía, y donde nuestra atención, que es un activo mental valiosísimo, se ve claramente trastocada, afectando nuestro verdadero circuito social y emocional. El cerebro humano es tan fascinante como poderoso y nuestra capacidad para autorregularnos no debe ceder ante herramientas digitales, dejando que sean ellas las que lleven las riendas de nuestros actos.

La tecnología de la información avanza deprisa. Entre pestañeos ya hay miles de personas trabajando en perfeccionar lo que hoy ya parecería bastante perfecto. El manejo de datos personales y el aprovechamiento económico y político de nuestras preferencias (plasmadas voluntariamente en estas revolucionarias plataformas digitales) genera controversias y serias investigaciones que han llegado a ser materia de las agendas parlamentarias más influyentes del mundo. No sabemos si la rentabilidad producto de la explotación comercial de la información almacenada en ellas era la verdadera motivación detrás de su creación, pero hay que reconocer que son tan pegajosas como el algodón de azúcar.

Somos conscientes de las implicancias, de los pros y contras y de que sí es mejor no abusar de ellas y dedicar más tiempo a lo que tiene verdadero sentido, aunque su funcionalidad sea una tentación latente. Lo sabemos, hay consenso. El mea culpa está allí presente como la luz intermitente de un faro lejano y solitario en altamar, pero a la hora de implementar nuestros frenos ante esta realidad avasalladora nos olvidamos, nos hacemos los locos, cedemos o subestimamos. La tendencia se reafirma. Cada vez se nos hace y hará más difícil porque lo hemos integrado (y, hasta cierto punto, asumido) como una conducta estándar.




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