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MARTES 19

de noviembre de 2019

Dioses empáticos

El estreno de ‘La pera de oro’, obra de teatro infantil sobre los dolores emocionales y físicos que nos atormentan desde pequeños, nos permite conversar con la directora de esta propuesta sobre el papel del arte como escudo.

8/11/2019


Suplemento Variedades


Texto Luis M. Santa Cruz 

Nadine Vallejo reza a los dioses del teatro, que podrían ser también los del arte en general. Las distinciones en este Olimpo no son rigurosas y las oraciones siempre llegan al destinatario. 

La directora de teatro se inició en esta religión sin darse cuenta, devorando libros de autores franceses para escapar de los males de la infancia, que luego evolucionarían en forma y fondo.  

Los demonios comunes eran la presión social y lo que los compañeros quieren. Burlas e inseguridades propias. Cambios hormonales con malestares físicos y del alma. 

Ella leía mucho, escapando de los demonios citados, y esa puerta de emergencia se volvió una profesión al terminar estudiando Literatura. Pero crecer y dedicarse a los ritmos del teatro como responsabilidad laboral, hizo que los tiempos dedicados a los libros se redujeran. Y este maleficio no resulta menos pesado al ser compartido por gran parte de la población. 

Presente teatral

Consumir arte requiere de tiempo. Ya sea para devorar una novela, pintar un cuadro o perfeccionar un guion, pero ese es precisamente el recurso que se nos va acabando en la época dorada de los impulsos tecnológicos. 

La cantidad de ventanas que tenemos abiertas, metafóricas y digitales, nos privan del silencio mental para entregarnos a este culto o para sanar viejas heridas. O al menos eso sostiene Vallejo y lo usa como la base de sus intenciones para acercarse a los niños en montajes como La pera de oro. 

Como artista, defiende que el teatro infantil es una forma única de meditación, una vía para acercarlos al presente y al ahora, venciendo la barrera de los distractores gigantescos que representan YouTube o Netflix. Una cura para los males mencionados con anterioridad, pero también el camino a todos los destinos que un autor se proponga buscar. 

Con esa premisa, Nadine defiende que un producto destinado a los más pequeños no puede ser una pieza banal o “lari lari”, citando a una amiga suya con la que conversa sobre estos dilemas. Tiene que haber realidad y coherencia, no siempre se puede hablar de princesas en el mundo de los cuentos de hadas. En algunos casos, se atreve a decir, es necesario el silencio. 

Silencio divino

La ausencia de ruido que se llena con arte es necesaria, incluso para los adultos. De forma general, Vallejo cree que nos ayuda a entender que no tenemos el control sobre las cosas. De forma específica, cree que es la vía fundamental para estar en paz con los dioses del teatro que bendicen todos los diálogos alrededor de esta materia. 

Y como estas entidades son tiranas, hay que someterse a su voluntad sin reclamar mucho, esperando las pistas correctas que llegarán a tiempo… en el mejor de los casos. 

En el contexto de La pera de oro, los consejos se han basado en cambios que pueden realizarse entre una función y otra. Aspectos técnicos que siempre atormentan a los teatreros por el demonio constante de que “todo puede mejorar”.
Además, en esta oportunidad, los dioses han elegido que este trabajo sirva para conversar sobre cómo han evolucionado esos problemas infantiles que motivaron todo en su momento. 

No es coincidencia que los personajes que se pasean sobre el escenario lleven nombres tan específicos como la Bibliotecaria Melancólica, el Panadero Desilusionado, la Gallina Estresada y el Genio Adolorido. Las trabas del siglo XXI que nos acompañan con regularidad y que Nadine encuentra demasiado cotidianas. 

Entonces, la directora cierra los ojos y espera que las deidades hablen. La respuesta, en este caso, puede variar en tono e intensidad. La mejor forma de acercarse a la verdad, me confiesa mientras todo concluye, es yendo al teatro. Y aquí estamos.
La Pera de Oro va todos los sábados y domingos hasta el 15 de diciembre en el Teatro de la Universidad del Pacífico (Jr. Sánchez Cerro 2121, Jesús María).