Las pesquisas del periodista Gustavo Lira lo llevarán a descubrir la existencia de una sociedad secreta dedicada, en su afán de descubrir los secretos del cuerpo humano, a profanar cadáveres e incluso realizar experimentos para obtener el secreto de la resurrección.
Así, las indagaciones de Gustavo lo llevarán a consultar a historiadores de la medicina que le revelarán las auténticas bases que sustentan tan altruista profesión, las pruebas y experimentos ocultos –muchas veces, con seres humanos vivos– que a lo largo de la historia han llevado a cabo aquellos a quienes confiamos nuestra salud: luego de leer la novela, el lector no volverá a ver a los médicos o enfermeros de la misma manera.
Sin embargo, la mezcla de thriller policial con historia se resiente bastante cuando la novela se desvía hacia el tópico de la narrativa "urbano-marginal", que en lugar de contribuir a la atmósfera de intriga, lastra la novela con descripciones de conductas decadentes, bares de mala muerte y conflictos clasistas que en otro contexto tendrían el mérito de ser una muy precisa descripción de la descomposición social. Vemos, por ejemplo, cómo el estudiante comprometido del ayer deja paso al individualista de la actualidad, para quien nada es sagrado.
De esta manera, el final, que pudo ser sorprendente, resulta opacado por esta digresión. Se desaprovechan así las referencias históricas al médico Avenario Calatastro y su entorno renacentista –estupendamente narradas–, el crimen en sí mismo y la caracterización de los personajes, que a ratos parecen estar más ocupados en resolver –o en regodearse– en sus conflictos existenciales antes que el misterio que da origen a la novela.
Con todo, el saldo es positivo: una novela a ratos desbordada por el prurito de mostrar las flaquezas de la sociedad contemporánea, que sin embargo, plantea y soluciona con acierto uno de los misterios más originales de la narrativa peruana reciente.