¿Existe algo que pueda llamarse ser peruano y extensivamente ser latinoamericano? La respuesta puede explorarse en la arena de la cultura. Porque, como se ha fundado ya hasta la saciedad en el pensamiento filosófico y antropológico del siglo XX, más que la naturaleza es la cultura lo que define al hombre. En ella caben ingredientes como la racionalidad, el lenguaje, la ciencia, la técnica, la juridicidad, la institucionalidad, los valores de la moral, del arte, de la religiosidad.
En una nota anterior indicamos que se dan todavía en el Perú las circunstancias disgregadoras de la desarticulación social y la incomunicación espiritual, que son secuelas del trauma trágico de la conquista y la dominación españolas, de la devastación política de la república decimonónica, de las crisis interminables del siglo XX. Y que tales condiciones hacen difícil la existencia de un módulo cultural propio como conjunto de principios y pautas vinculadas estructuralmente entre sí, y que lleven como características esenciales la creatividad, la originalidad y la autenticidad.
Las fuerzas motrices de la sociedad peruana, la occidental, la aborigen, la negra, la asiática y sus múltiples mezclas constituyen todavía vertientes irreductibles y hasta contradictorias que no logran plasmarse aún en un organismo unitario y definido.
El Perú, en este sentido, es una nación carente que para desarrollarse requiere de la asistencia de las naciones adultas, lo cual comporta riesgos y peligros que pueden ser inherentes a este tipo de dependencias. Y lo requiere porque le falta una ciencia y una variedad de tecnologías calificadas, una filosofía y una cosmovisión orgánica arraigada en las entrañas de la vida social.
Asimilación creadora. Sin perjuicio de reconocer las situaciones enajenantes antedichas, es pertinente deslindar algunos equívocos que se insertan en la problemática que nos ocupa, como las que se dan a propósito de las viejas corrientes del hispanismo, el indianismo y otras tendencias extremistas. La invariante fundamental que traduce la configuración de una cultura peruana no radica en echar por la borda el rico acervo cultural de Occidente, so pretexto de que tal acervo se ha constituido durante cientos de años en parte fundamental de una estructura de dominación.
Aunque tiene poco de inédito, resulta propicio recalcar que la sociedad peruana –y la de América Latina– es una subfase de la cultura de Occidente. Sus valores filosóficos y científicos, su tradición artística, sus códigos morales y jurídicos, su lenguaje y su religión, en la medida en que son vigencias universales, son nuestros. Pero no lo son sus particulares circunstancias históricas, tan ajenas a las nuestras. De allí se generan los choques culturales y problemas de interculturalidad.
La ley radical de la formación histórica de la cultura peruana reside, entonces, en asimilar con vocación creadora los patrones universales de la cultura occidental, es decir, en transfusionar vitalmente las vigencias del pensamiento filosófico, de la ciencia y la tecnología occidentales, de las esencias inmortales del Evangelio. El mestizaje cultural fecunda en el crisol de nuevas formas vitales la riqueza inconmensurable de las diversas fuerzas históricas, las que arribaron de allá y las que se forjaron previamente aquí.
En las últimas décadas, países orientales como China, India, Corea han abierto sus puertas a la occidentalización científica y tecnológica proveniente de la Europa capitalista, de Estados Unidos y el Japón. Ello les está otorgando un impulso productivo enorme, que, a su vez, gravita sobre el orbe latinoamericano. Occidentalización latinoamericana por la ruta del Pacífico.
Entre tanto, la consagración integral del Perú cultural será producto de una mayoría de edad histórica de la totalidad social, tan múltiple como diversa, tan occidental como andina, cuando asuma el rango de una personalidad singular e intransferible.